Aún antes de servir el postre, encendieron la televisión. En la pantalla vimos, como tanta otra gente en España, la Puerta del Sol, donde una muchedumbre se había colocado alrededor de la torre con el carillón. Una presentadora mitad desnuda pretendía estar entusiasmada con el momento que estaba a punto de llegar. Todos teníamos una tacita con uvas en la mano. Ya había comida la mitad de las mías a escondidas. Es una costumbre un poco extraña, esto de comer una uva con cada toque de campanada. Y no sin peligro, sobre todo para los niños y los mayores. Pues bien, en comparación con Holanda es una manera de inaugurar el año nuevo muy segura, pacífica y barata. Allí, toda la gente sale a la calle con petardos y cohetes en los cuales algunos gastan cientos de euros. Cada año hay heridos, sobre todo con lesiones en los ojos y las manos. Prefiero las uvas, la verdad, aunque no creo que pueda ser una tradición muy antigua. Por cierto, no solía haber uvas en diciembre, ¿verdad? Pero no era el momento para una opinión de un guiri. Las campanadas ya sonaban. Muy fácilmente comí las seis uvas que me quedaban a cada dos campanadas. Misión cumplida. Esta vez podría intercambiar los besos de felicitación del año nuevo sin la boca llena de los restos de las uvas.
Era una buena idea elegir el restaurante La Central para celebrar el año nuevo. Mi mujer Ana ya había organizada aquí una fiesta de sorpresa para mi cumpleaños de sesenta en octubre. Entonces la cena había sido muy buena, pero ahora era aún mejor y, sobre todo, más: había muchos platos, con marisco, pescado y carne. En Holanda se come muchísimo durante las fiestas, pero en España, creo, todavía más. Es que aquí todo viene doble; hay menús festivos tanto para las comidas como para las cenas. Hay la cena de noche buena, la comida de Navidad, la cena de Navidad, la cena de noche vieja, la comida y la cena del año nuevo. Y después, cuando los holandeses ya todos están volviendo a la rutina normal, viene Tres Reyes, una fiesta que no se celebra en Holanda, con, desde luego, una cena el día antes y una comida y cena en el día mismo. No me extraña nada que comer menos y moverse más son los prepósitos del año nuevo más comunes.
Pues bien, para prepósitos ya no había llegado el momento, allí en el restaurante. Nos sirvieron el postre. Después nos regalaron sombreros de fiesta, cornetas de papel y guirnaldas. Globos flotaban por la sala. Ponían música de disco de los años setenta. Por un rato todos volvimos a ser pequeños niños en una fiesta.
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domingo, 13 de enero de 2019
lunes, 31 de diciembre de 2012
El segundo día de Navidad
¿Por qué en
Holanda siempre se celebra dos días de las fiestas cristianas? El segundo día
de Navidad, el lunes de Pascuas, el lunes de Pentecostés. Todos festivos. La
verdad es que ni siquiera sé exactamente lo que estamos celebrando con
Pentecostés, pero sí, siempre acepté el lunes libre agradecidamente.
En España hoy
es un día de trabajo. Pues, también en
Holanda el segundo día de navidad pierde importancia. Creo que esta tarde puedo
sin problemas hacer unas compras en los supermercados. Por suerte esto ha
cambiado. Para parejas tiene su sentido tener dos días de Navidad. Un día para
ir a la familia de la pareja, un día para ir a la propia familia. Pero nuestras
familias viven bastante lejos la una de la otra. Este año celebramos Navidad
separados.
Por suerte
existen los medias de comunicación modernos. Por sms y videochat me enteré de
lo que perdí en El Bierzo. Dos comidas muy amplias en un periodo muy corto. En
España se celebra sobre todo la Noche Buena. Con una cena amplísima, desde
luego. Con celos escuché el menú. No era poco. Muchos animales del mar fueron
sacrificados. El día después le tocaba a un corderito. Esta noticia ya recibí
con menos envidia, aunque el cordero al horno de mis suegros tiene fama entre la
familia. Pero por favor, después de haber cenado hasta las doce de la noche con
el necesario vino, turrones, licores y qué sé yo, es bastante difícil
desarrollar suficiente apetito para una comida de fiesta con aperitivas y
postres a las dos del día siguiente.
Mi propia comida
de ayer tampoco despertaba muchos celos en El Bierzo. Dos sándwiches con queso
y un vaso de leche fría. ‘Pero por la tarde cenamos como reyes,’ acabo de decir
en una larga sesión de videochat culinario. ‘Fuimos al restaurante chino para
traer comida para toda la familia.’ A pesar de la mala conexión pude distinguir
claramente dos cejas bercianas levantadas. En navidad se debe estar cocinando
todo el día. ‘Pero fuimos al chino bueno, ¿sabes?’, me expliqué rápidamente.
Aquí cerca hay dos restaurantes chinos. Uno barato sencillo y uno más caro de
buenísima cualidad. ‘¿Con pato de Beijing?’ Al fin sonaba algo de anhelo a una
comida en Holanda en su voz. ‘Con muchísimo pato de Beijing,’ dije exagerando
bastante.
A pesar de las
sombrías noticias sobre crisis y pobreza, otra vez comida formaba el tema principal
de nuestra conversación. ‘Cuando estás aquí la próxima semana te preparé col
verde con patatas machacadas’ dije. (Tengo el don de poder entusiasmar a las
mujeres.) ‘Y desayunamos con pan de navidad (con pases y relleno con pasta de
almendra), o quizás te compro unos oliebollen
calientes’ (buñuelos redondos que se come en año nuevo), seguí. ‘Y yo te
traigo turrones, y quizás una botellita de cuturrús,’ respondió. Mi cara
interrogativa sabía vencer la mala conexión. ‘¿No lo recuerdes? Es el licor del
pueblo Las Médulas que hace poco nos ofrecieron en aquel restaurante.’ El
recuerdo de este día estupendo me daba por un momento una fuerte nostalgia al
Bierzo. ‘Y para noche vieja compraré las uvas,’ dije. Una de las ventajas de
España sobre Holanda es la costumbre de comer uvas para celebrar el nuevo año,
mientras en Holanda todo el mundo sale a la calle para encender fuegos
artificiales. Aunque no sin peligro de atragantarse la costumbre española es
menos peligrosa, hace menos ruido y es mucho más barata.
Y así decidimos
celebrar noche vieja con una combinación de nuestras dos culturas. Oliebollen y uvas. ¡Viva la integración
europea! Con este bueno propósito cerramos la conexión. Pues, ya eran las cinco
de la tarde; la hora de los aperitivos en Holanda mientras en El Bierzo se
necesitaba una siesta.
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