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domingo, 27 de marzo de 2022

El copiloto contento

Es domingo por la tarde. Volvemos a casa tras un fin de semana estupendo en la ciudad de Ferrol. Buena comida, paseos por la ciudad y un soplo de aire fresco por la hermosa costa gallega. Necesitamos una taza de café. Veo en el mapa que podemos entrar en el pueblo de Villalba sin desviarnos demasiado.

Esto no fue una buena idea. Los policías están por todas partes dirigiendo el tráfico. Más adelante vemos el desfile de carnaval recorriendo las calles. Ana baja la ventanilla a uno de los oficiales y pregunta: “¿Podemos llegar a El Parador?” El oficial niega con la cabeza con simpatía. "Absolutamente imposible, lo siento. Todo el centro está cerrado.” Ana logra girar el coche en la calle tan estrecha y regresamos a la carretera. Es realmente una lástima. Porque poco a poco nos hemos hecho aficionados de los Paradores, esa cadena de hoteles en edificios a menudo monumentales donde también es agradable tomar algo.

Hay muchos coches parados en la rotonda a la salida de la ciudad. La guardia civil de tráfico detiene todos para un control alcoholemia. Los conductores deben salir. Nosotros también estamos detenidos. El agente mira hacia nuestro auto y le dice a Ana: "No ha bebido, ¿verdad?". "¡Así es!", dice Ana con alivio. Con un gesto de saludo nos da permiso para seguir conduciendo.

Seguimos un rato en silencio por la autopista, mientras escuchamos nuestro programa de radio favorito, Alguien debería prohibir los domingos por la tarde, presentado por la cineasta Isabel Coixet, cuya voz baja un poco sensual siempre me recuerda a la de Tosca Hoogduin, que tenía hace años en Holanda el programa Easy Listening en la noche (AQUÍ están las dos voces para comparar). Entonces Ana dice: “No revisó mi porcentaje de alcohol porque soy mujer.” A pesar de su alivio de antes, su voz ahora suena un poco de reproche. "Creo que tienes razón", le digo.

Nos quedamos en silencio de nuevo. Luego añado: “Pero fue principalmente porque yo era el copiloto. Deben haber pensado que yo había bebido y que por eso estabas conduciendo tú.” Continuamos hablando sobre el hecho de que cuando un hombre y una mujer van juntos en un coche, casi siempre es el hombre quien conduce. Esto se aplica tanto en España como en los Países Bajos, y probablemente en todo el mundo. Los hombres creemos que somos mejores en eso, nos ponemos muy nerviosos cuando la mujer conduce y las mujeres simplemente se resignan a ello para evitar discusiones. Algo parecido pasa en la política, por cierto, a veces con resultados desastrosos como estamos comprobando en la actualidad. Solo hay dos razones válidas para que los hombres dejen conducir a una mujer: alcohol o no tener una licencia de conducir. Esta vez sólo esto último fue el caso.

Dejamos la idea de una taza de café y seguimos rumbo a El Bierzo. Noto que de alguna manera me complace la idea que haya al menos una persona en este mundo, un agente cerca de Villalba, que piensa que soy sensato con el alcohol. Me recuesto cómodamente en el asiento del copiloto y escucho la música melancólica que resuena por encima del sonido monótono del motor. La vida de un copiloto no es nada mala.

El copiloto contento en Ferrol


martes, 10 de abril de 2012

Alcohol


Quizás la expresión holandesa más incorrecta es: Nunca nadie murió de trabajar demasiado duro. En Ámsterdam solíamos alardear la conversación con variantes cínicas como. ¿Cigarrillo? Gracias, de fumar demasiado nunca nadie murió. ¿Comemos hoy en el snackbar? ¿Por qué no? Nunca nadie murió de comer demasiada grasa. Y el variante que utilizamos más frecuentemente era: ¿Tomamos una última? Desde luego, de demasiado alcohol nunca nadie murió.

Es verdad, en Ámsterdam bebía bastante alcohol. Porque tenía tantos malos amigos, desde luego. En el equipo de fútbol, por ejemplo. Cuando otra vez perdimos el partido contra WVHEDW 13 o Wartburgia 8,  solíamos compensar la derrota de manera adecuada con cervezas en la cantina. Cuando mis compañeros del equipo iban a sus casas donde les esperaban sus mujeres y niños, siempre había en la cantina malos amigos de los otros equipos con quienes compartir la tristeza futbolera. Pero bien, todo lo bonito también tiene su fin, y llegaba la hora que tenía que subir en mi bicicleta para ir a casa, esperando que en la ruta pudiera encontrar otro malo amigo para tomar la última-última cerveza.

En España mi comportamiento como bebedor ha cambiado. Desde luego tiene que ver con convivir en pareja. El alcohol es el lubrificante social de un soltero. Pero también tiene que ver con la otra cultura de alcohol que existe en España a la cual tenía que acostumbrarme. Cuando en Ponferrada tomamos algo con un grupo, la gente toma solamente una bebida que se bebe fastidiosamente lento, mientras después de unos minutos ya estoy jugando intranquilamente con mi vaso vacío. A veces se decide tomar otra bebida por la cual siempre tenemos que ir a otro bar. Esto genera una larga discusión sobre cual bar tiene los mejores pinchos. Después cada uno coge so cartera y surge otra larga discusión sobre quién tiene esta vez el derecho de pagar la cuenta. Y cuando al fin nos vamos, de veras hay gente que es capaz de dejar un vaso medio lleno de cerveza o vino en la mesa. El colmo de abuso de alcohol.

En Holanda, en todo caso en los círculos en que yo me movía, el comportamiento es diferente. Nos sentamos alrededor de una mesa de la cual en las próximas horas nadie nos puede echar. Después uno por uno pedimos una ronda. Cuando el tamaño del grupo no es demasiado grande, puede pasar que alguien pide por la secunda vez una ronda y empieza el ciclo de nuevo.

Otra diferencia es que en España se empieza más pronto en el día con beber. Ya a la una se puede tomar un aperitivo. Después sigue la comida con vino. Dura hasta más o menas las ocho de la tarde cuando los bares se llenan otra vez para las bebidas con los pinchos. Durante la noche, vale, hay mucho ambiente en los discos y bares, como en Holanda, pero yo, como cincuentón letárgico, desde luego no participo en la vida nocturna.

Los holandeses empezamos más tarde en el día, pero normalmente logramos recuperar el retraso sin esfuerzo. Hay borreltijd,  la hora de los aperitivos, entre las cinco y las siete. Después sigue la cena amplia, muchas veces con vino. Antes de dormir otra vez aparecen las botellas en la mesa para una copita de dormir.

Creo que la mala fama que tienen los holandeses en España con alcohol tiene su origen en la costumbre de mezclar las dos culturas durante las vacaciones. Por respeto a la cultura ibérica tomamos un aperitivo a la una, después comemos una paella que dejamos nadar en mucho vino blanco mientras voceamos elogios a la cocina mediterránea. Después sigue un café con coñac, desde luego. Y a las cinco gritamos: ‘¡Borreltijd!’ Porque en España está prohibido cenar antes de las nueve, borreltijd dura justamente un poquitín demasiado tiempo para poder llegar a hora de cenar decentemente.

Al fin y al cabo he aprendido no mezclar las dos culturas. En España respeto los horarios españoles y en Holanda lo hago con los horarios holandeses. ¡Pero mira! ¡Ya es la una! La hora de un aperitivo. ¡Que no! Estoy esta semana en Holanda. ¡Camarero, un vaso de leche, por favor!