domingo, 9 de febrero de 2014

La pérdida de una pasión


Creo que lo noté por la primera vez en noviembre, cuando pasamos unos días en la provincia Soria para disfrutar de la temporada de las setas. Comimos las setas en los más variados platos, tanto en los restaurantes especializados como en los bares populares dónde las ponían como pincho. En uno de estos bares ocurrió. Era un sábado. A nadie sorprendería que en el bar estuviera puesta la televisión con un partido de fútbol. Estábamos hablando sobre el gusto de tanta variedad gastronómica en España, cuando, sin quererlo, mis ojos fueron atraídos por los movimientos de la pantalla. Era uno de estos partidos importantísimos que no se debe perder: Getafe contra Levante. Y en este momento dije a mi mujer: ‘Creo que no más me gusta el fútbol.’

Desde luego tenía un gran impacto esta confesión, que puedo haber hecho en un momento de debilidad, generado por pasar demasiado tiempo en bares, como suele ocurrir cuando te alojas en un hostal. Las comidas, las cenas, los cafés, los tés, los aperitivos, los digestivos (bastante importantes si comes setas), descansar después de andar mucho, para todo eso tienes que ir a algún bar o restaurante dónde, como ya dicho, casi siempre está presente una televisión con algún partido. Fue en Soria donde algo fundamental cambió en mi vida. Pasaba el mes de diciembre en Holanda y noté que tampoco me interesaban esos partidos de los clubs holandeses de los cuales ya no más conocía los jugadores. De vuelta en Ponferrada vi en los bares algunos de los supuestamente mejores partidos de la liga. Pero me cansaba el ticky-tacky de Barcelona, los tiros de Cristiano Ronaldo, el espíritu del equipo de Atlético. Y sobre todo me cansaba el follón agresivo por una decisión del árbitro, tanto en el campo como en el bar mismo, dónde el fanatismo a veces me da miedo.

El porqué de tanto fútbol en la televisión y en la radio es obvio. Se trata de un deporte carísimo. Millones de euros cuestan los jugadores. Por eso nunca hay dos partidos a la vez; así se puede mostrar más anuncios, lo que significa más ganancias. Podemos disfrutar de los partidos desde el viernes hasta el domingo medianoche. Si tenemos suerte esto se repite los martes, miércoles y jueves si juegan otra vez en el Champions League, la Copa del Rey o lo que sea. No solamente esta sobredosis me robaba mi pasión. También los líos de los jugadores y sus managers con los impuestos me repugnaban. El dinero fácil de fútbol atrae a personas casi mafiosas, que hasta logran ser presidentes de los clubs.

Echaré de menos al fútbol, que siempre era bastante importante para mí. En Ámsterdam jugaba en un equipo de amigos durante más de 25 años. Cuando venía a vivir en Ponferrada busqué un equipo parecido, pero no podía encontrar uno. Una vez fui a ver un equipo en el cual jugaba un vecino. Después de 5 minutos ya llegué a la conclusión: este nivel es demasiado alto para mí. Parece que en España no se juega mal. En los parques de Ponferrada no se ve nunca torpes partidos de fútbol entre adultos con los abrigos puestos en la hierba como postes de gol, como es costumbre en los parques de Ámsterdam y tantas otras ciudades. Perdí el fútbol activo. Y mirar como otros juegan, aunque sea tanto mejor, no más me interesa.

¡Pero esto no puede ser! ¿Si yo ya pierdo mi interés por el juego, cómo será con tantas personas que nunca habían tocado un balón con los pies en su vida? Imagínate que todos vamos a pensar que el fútbol es nada importante, que solamente es un juego, que lo importante no es ganar sino participar, que fútbol no es para mirar sino para hacer. Esto será el fin de un sector en el cual se mueve muchísimo dinero. Pasará lo que pasó en el sector inmobiliario: la burbuja explotará. Será otro desastre económico al nivel mundial. Esto no puedo cargar sobre mi conciencia. Pues, iré a ver tantos partidos como pueda. Gritar ‘¡Hijo de puta!’ por las decisiones de los árbitros. Murmurar ‘Este tío tiene razón’ cuando un jugador o entrenador dice las barbaridades habituales en una entrevista. Leer El Marca cuando tomo un café. Será un gran sacrifico personal, pero lo haré por el interés general. Es mi obligación civil.

sábado, 18 de enero de 2014

¡Qué España sea diferente!

Uno de los pocos problemas de ser un holandés en Ponferrada es que a veces la gente piensa que todo lo que hago es típico holandés. Cuando por ejemplo ando media hora hacia alguna cita, siempre hay un Berciano que comenta: ‘Si, desde luego, sois un pueblo muy deportivo y activo’, como si no hubiera muchos holandeses que exclusivamente se mueven con coche. Situaciones iguales hay cuando hablamos de política, economía o la vida social; muchas veces piensan que mi opinión es típica holandesa, como si en Holanda las opiniones no son al menos tan variadas como las en España. Algo semejante pasa cuando hablamos de la comida. No soy exactamente gordo. Más bien delgado es lo que soy y siempre seré. Ya había algunas ocasiones en las cuales tenía que explicar los horarios de la comida en Holanda, que son como los horarios en la mayoría de los países del norte: una desayuna buena, un ‘lunch’ entre las doce y la una, y la cena alrededor de las siete de la tarde. Explicar esto en El Bierzo resulta a veces en que la gente mira a mi vientre, se mueve la cabeza compasivamente y dicen: ‘Coméis muy poco, eh’, después de lo cual tengo que explicar que en Holanda comemos más que suficiente, que allí también el sobrepeso es un problema más gordo que la flaqueza y que no todos los holandeses son como yo.

La discusión sobre los horarios de comer es en este momento actual. Hay voces que quieren que España se adapte a los horarios de Europa. Esto significaría el fin de las comidas amplias a las dos, las cenas tan tardes y los desayunos de galletas mojadas en café con leche. Me considero a mí mismo de ser una persona bastante flexible con las horas de comida. En Holanda, donde estuve todo el mes de diciembre, comí con mucho gusto en el ritmo holandés mientras ahora, de vuelta en España, me adapto al ritmo español. El viaje de Ámsterdam a Ponferrada dura al menos 12 horas, por lo cual el cuerpo en todo caso se desajusta, lo que hace la adopción a otro ritmo bastante fácil. Pero bien. ¿Qué sería mejor para España? ¿Guardar su propio ritmo, o adaptarse al ritmo del resto de Europa?

Cuando tenía un trabajo para una empresa berciana por lo cual tuve que llamar a empresas alemanes, noté que no es nada práctico tener tanta diferencia. Se debe llamar por la mañana, antes de las doce. Entre las doce y la una los alemanes van a tener su lunch. Después de las dos los Españoles van a comer y descansar para no volver hasta las cinco, que es justamente la hora en la cual los alemanes ya están pensando en irse a casa. Además, hay la cuestión de la productividad laboral. No creo que después de una comida amplia la concentración sea como debe ser. Comer cansa. Una siesta puede ayudar, pero no siempre es posible, por ejemplo cuando el viaje entre trabajo y casa es demasiado largo. Los que sí pueden irse a casa para comer, generan más movimientos de tráfico. El mismo problema existe en las escuelas. Muchos alumnos tienen su comida principal allí, en vez de en su entorno familiar.

Pero lo que temo que pasará cuando España cambie las comidas, es que sería el fin de una manera de vivir. Una manera de vivir en la cual comer (y cenar) afuera es muy normal. El fin de la existencia de mis restaurantes favoritos, con los menús baratos sin que la cualidad sufra demasiado. Lo echaría de menos, cómo tantos de mis colegas guiris que justamente vienen a España de vacaciones para disfrutar de esta cultura culinaria tan atractiva. La vida cotidiana en los países occidentales ya es tan parecida, gracias a la televisión, los móviles e internet. Todos estamos viendo los mismos programas, haciendo las mismas cosas, comiendo las mismas pizzas y hamburgueses. Por favor, que España, al menos en este terreno, siga siendo diferente.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Moverse como una serpiente

Es un día frio en noviembre en Ponferrada cuando ando por la Avenida del Castillo en la dirección del puente sobre el río Sil. Ya oscurece. Tengo unos veinte minutos hasta mi próxima clase inglés; puedo andar cómodamente sin prisa. ¿Qué tal fue la clase que acabé de dar? Nada mal, en mi opinión. Como tema de conversación había escogido un artículo sobre el PISA test (una comparación internacional de alumnos de 15 años) con la idea que esto podría interesar a una profesora de una escuela secundaria. Y así fue. Hablamos ampliamente sobre las diferencias en sistemas de educación en España y Holanda. En España los alumnos de todos los niveles se quedan juntos hasta tienen 16 años y pueden elegir entre educación profesional o el bachillerato. En Holanda la selección viene más pronto; ya cuando los alumnos tienen 12 años y van a las escuelas secundarias con niveles diferentes. Es más fácil para los profesores. ¿Pero también será mejor para los alumnos? Le parecía a mi alumna una buena idea. Las diferencias en nivel frenan a los mejores y presionan a los débiles. También me indicó un fenómeno interesante. Había dado clases tanto en Castilla León como en Andalucía con exactamente el mismo sistema y los mismos libros. No obstante, los alumnos de Castilla León hacen el Pisa test mucho mejor que los de Andalucía. ‘Lo más importante son las diferencias culturales, históricos y económicas,’ me dijo. ‘En Andalucía había muchos analfabetas hasta los años sesenta; esto determina más el nivel que el sistema de educación.’ Estuve completamente de acuerdo.

Son exactamente las seis cuando llamo a la puerta del secundo alumno de esta tarde. Es un chico de unos 12 años con un sorprendente alto nivel de inglés. Nos sentamos a una mesita en su dormitorio y empezamos una conversación en inglés. Le pregunto cuáles son sus asignaturas favoritas. Responde que inglés, desde luego, pero también me muestra con entusiasmo sus libros de las otras asignaturas como lo de química. Veo una página llena de dibujos de botellitas con formas extrañas. ‘Tengo que memorizar los nombres de estas botellas,’ dice. ‘¿Cómo se llama esta, por ejemplo?’, pregunto. Responde con una palabra que olvido inmediatamente. A veces tengo la impresión que la educación en España está más basada en memorizar hechos que en Holanda, donde ‘aprender a resolver problemas’ está de moda. Tuve alumnos en España que sabían hacer ejercicios gramaticales complicados sin ningún error, pero que apenas fueron capaces de hablar una frase de inglés.  Pues, este chico tiene suerte, porque se encontró a un profesor moderno que se conecta con el pensamiento de un joven y sabe utilizar las novedades de los medios sociales. ‘¿Recibiste el enlace al video que te mandé por email?’, le pregunto. Mueve con la cabeza afirmativa. ‘¿Te gustó?’ Niega con la cabeza. Me trago una pequeña decepción. Le había enviado un enlace hacia BBC Learning English titulado PinkPipes in Berlin, en el cual un reportero primero introduce las palabras claves (swamp, snaking, construction site, in the pipeline) y después lee lentamente la noticia sobre tuberías rozas en Berlín. ‘¿Hiciste las preguntas?’ ‘Si, pero no eran muy claras.’ ‘Vale, vamos a empezar. What is snaking?’ Responde con una frase inglés que claramente no es suya y que no puedo entender. ‘¿Me lo puedes repetir?’ pregunto. Repite la frase que ahora entiendo ya un poco más pero que quizás no quiero entender. ‘¿Me dejas leer lo que has escrito?’ Me da su papel y leo:  Snaking is when a female (or male) performs fellatio on a group of men consecutively, then immediately repeats the process in reverse order. ‘Dónde encontraste esto?’ ‘Pues, en internet, pero no entiendo lo que significa (más tarde lo encontraré también en el Urban Dictionary). Prudentemente digo: ‘La verdad es que no es el significado habitual; snaking normalmente significa algo como moverse como una serpiente.’ Con mi brazo imito el movimiento. Rápidamente sigo con pregunta dos: ‘¿Por qué pintaban la tubería roza?’ Cuando hemos terminado pone, como siempre, con su boli verde un rasgo verde debajo de su trabajo, coge una capeta de su estante y archiva el papel detrás de los otros que hemos hecho este otoño. Sigo sus movimientos con inquietud. ¿Habrá alguien que va a leerlo? ¿Su profesora en la escuela? ¿Su madre o padre? ¿Y sería posible que esto influyera su opinión sobre los métodos educativos holandeses negativamente?

Después de la clase voy a la sala dónde el padre está leyendo un libro. ‘¿Qué tal fue? ¿Aprendió mucho?’ me pregunta. ‘Creo que sí; habla bien inglés, pero quizás se puede considerar comprarle un buen diccionario inglés-inglés.’


martes, 26 de noviembre de 2013

Laberinto de lenguas

Como emigrante holandés que da clases de inglés y alemán en España entré en algo que se puede llamar un laberinto de lenguas. Sobre todo cambiar entre diversas lenguas a veces me cuesta. Cuando mi estudiante alemán me preguntó: ‘¿Qué significa billig, no sabía encontrar en mi mente la traducción y tuve que describir la palabra con una frase: ‘es cuando quieres comprar algo que cuesta poco dinero’. ‘¿Ah, barato?’ me dijo un poco asombrado. ‘¡Eso es, barato!’  A veces ni siquiera puedo encontrar la traducción de una palabra en holandés cuando alguien me lo pregunta. A veces temo que voy a perder mi holandés fluido mientras mi castellano sigue teniendo un acento holandés y errores. Se dice que la lengua en que blasfemas es tu lengua principal. Pues bien, ya una vez, cuando choqué mi pierna contra un pie de la mesa, blasfemé efectivamente en español. Al menos, lo probé. Pero nunca había entendido muy bien lo que dicen los españoles exactamente en estas ocasiones y grité: ‘Mi Cabo de la Leche’ en vez de ‘me cago en la leche’, lo que, lo debo admitir, suena un poco más en serio.

 Por experiencia aprendí lo que son los problemas específicos para los españoles cuando hablan los idiomas del norte de Europa. Olvidan muchas veces el sujeto y dicen por ejemplo ‘Is raining’ en vez de ‘It’s raining’. Otro error común es que dicen en inglés he aunque el sujeto es claramente una mujer. En pronunciar tienen los españoles problemas con secuencias de consonantes como en las palabras Street o Spain. Casa todos necesitan un pequeño ‘e’ en frente de la palabra: eStreet y eSpain. Pero quizás lo más difícil es la riqueza de vocales que existen en las lenguas del norte. Sobre todo la diferencia entre vocales largos y cortos puede formar problemas. Para mostrar la importancia  de pronunciar bien las palabras tengo mis ejemplos favoritos: It’s a dirty beach (Es una playa sucia) o Where can I leave the sheet (¿Dónde puedo poner la hoja?) que pronunciadas con vocales cortos suenan como: It is a dirty bitch (perra, pero una palabra fea para una mujer) y Where can I leave the shit (mierda).

La verdad es que mi propio español tiene un reconocible acento holandés. Además de las malditas c’s y z’s en palabras como cerveza, también tengo dificultades con las g’s en palabras como lago o gato. Suenan como un k: lako, kato. Que mi inglés puede padecer de la misma enfermedad lo noté hace unas semanas cuando quedábamos un domingo con un grupo de guiris y bercianos para hacer una ruta desde la casa rural Las Cuatro Estaciones en Espinoso de Compludo. Uno de mis colegas, un native speaker inglés, me llamó el día antes para preguntarme (en inglés) si yo podía traerle un abrigo (a coat) al hostal, porque el querría ir corriendo hasta allí desde Ponferrada. ‘A coat?’, pregunté. De pronto empezó de hablar muy clara y lenta. Yes, a coat. You know? For the rain and the wind. To put on.’ Para seguridad después lo repitió en español: ‘Un abrigo. Para la lluvia y el viento. Para ponerme.’ ‘Yes, a coat, no problem’, respondí. Solamente después de colgar se me ocurrió lo que podía haber pasado. Quizás pensaba que yo había confundido la palabra coat con la palabra goat, que significa cabra.

Aquel tarde consideré probar comprarme una cabra. Ya me veía llegar allí en Espinoso con una bonita cabra blanca diciendo: ‘Here is your koat, but tell me, why do you want it?’ (Aquí tienes tu kabra, pero dime, ¿para qué la quieres?) Al final no lo hice. Aunque El Bierzo es una región rural, no sería tan fácil encontrar una cabra un sábado por la tarde. Además, quizás nadie entendería la broma. Y no estaba nada seguro si todos los miembros del grupo apreciarían la presencia del animal en la excursión desde Espinoso a Molinaseca, que efectivamente no necesitaba ninguna cabra blanca para ser muy especial y agradable.

Uno de los puentes de Malpaso
entre Espinoso de Compludo y Molinaseca

sábado, 9 de noviembre de 2013

¡Nacionalistas de todos los países, uníos!

Lo hemos visto tantas veces antes en la historia: una crisis económica hace crecer los sentimientos nacionalistas. En toda Europa los partidos populistas, antieuropeas y antinmigración crecen. También en la cada vez más pequeña Holanda se aprovechaban de mi ausencia para hacer del partido anteislámico y antieuropea en las encuestas el más grande. Hay una ventaja de estos movimientos ultranacionalistas: no pueden unirse fácilmente para formar un movimiento internacional o europea. En este sentido son como los hooligans de diferentes clubs de fútbol. Se parecen mucho, pero su odio mutuo es su razón de ser. Parece que Marine Le Pen ahora lo va a probar: unir a los partidos de la ultraderecha en Europa. Están de acuerdo en que el euro debe desaparecer y que los inmigrantes de afuera de Europa deben volver a sus países o en todo caso callarse. Pero después seguramente van a discutir entre ellos. Estos partidos viven de echar la culpa de todos los problemas a los otros, sea quien sea.

Hasta ahora en España no hay un partido populista ultranacionalista de importancia nacional. Quizás tiene que ver con el sistema electoral que favorece mucho a los grandes partidos. Para un partido como el PP necesitamos en Holanda al menos cinco partidos: liberales, partidos cristiano-demócratas y populistas. Últimamente el ala más derecha del PP de vez en cuando sale del armario con símbolos franquistas. Si conviene el gobierno utiliza la cuestión Gibraltar para generar sentimientos nacionalistas (y tal vez mascar algunos problemas internos). Pero además, todavía no hay ningún partido que siembra los sentimientos antieuropeas y antinmigración, que sin ninguna duda están presentes en España.

El ultranacionalismo en España vive sobre todo en los movimientos regionales que buscan la independencia. Los movimientos radicales vascos siempre se han hecho creer a si mismo que su ultranacionalismo es de la ‘izquierda’, solamente porque sus más feroces adversarios castellanos son de la ‘derecha’. En Catalunya quieren organizar un referéndum sobre su independencia. El argumento principal parece ser financiero. En España las autonomías discutan mucho sobre impuestos al estado central que deben bajar o subvenciones e inversiones que deben subir. Hasta la provincia de León participa en esta moda: en El Diario de León apareció una encuesta con la pregunta sugestiva: ‘¿Considera suficiente el dinero de los presupuestos del estado para la provincia?’ No era una gran sorpresa que la mayoría de los leoneses respondieron no.

La idea de separarse del estado central no solamente existe en España. La Liga Norte en Italia y El Bloque Flamenco en Bélgica tiene semejantes ideas. Y en cierto sentido todos los partidos populistas en Europa quieren separarse, aunque no sea de su estado central sino de la Unión Europea.

Existen muchos problemas urgentes sobre que debemos pensar, discutir y probar encontrar soluciones. ¿Cómo podemos salir de la crisis? ¿Podemos mantener nuestro estilo de vida en este mundo que cambia tan rápido? ¿De dónde sacamos la energía cuando el petróleo se va acabando? En vez de poner estos asuntos arriba de cualquier programa político parece que la causalidad de dónde hemos nacido va a ser un tema principal en las futuras elecciones. Y esto es una pérdida de tiempo porque que yo sepa el nacionalismo nunca resolvió ningún problema. Al contrario.



miércoles, 23 de octubre de 2013

No es sano

Últimamente he pasado bastante tiempo en hospitales, clínicas, salas de espera y consultas. No fue solamente por mi propia salud. Tanto en Holanda como en España personas queridas estaban ingresadas en el hospital con una variedad de enfermedades. Lo que creció todavía más es el gran respeto y admiración que tengo para la mayoría de las personas que trabajan en el sector de sanidad, sobre todo los enfermeros y las enfermeras. Bajo circunstancias duras con pacientes impacientes, salas de espera llenas de gente y otras consecuencias de los recortes, ellos saben mantener su paciencia, profesionalidad, humor y humanidad. ¡Chapeau!

Yo mismo tenía la primavera pasada un dolorcito en un sitio sospechoso que me preocupaba. Mi doctora de cabecera inmediatamente me siguió en mi preocupación y me envió a un especialista en el hospital público. La cita con este doctor ya se cumplió en unos días y él constató que a primera vista todo no era tan grave como temía. ‘Pero por si acaso vamos a hacer unas radiografías,’ me dijo. Me daba un papel con el cual tenía que bajar a una taquilla donde me daban una cita para junio. Estábamos todavía en marzo. Primero pensé que se trataba de un error, pero no. Me aseguraban que tanto tiempo de espera es normal. Me indicaban que en el papelito el doctor no había puesto una cruz detrás la palabra ‘urgente’ o ‘preferente’. Y tres meses más tarde el doctor, por suerte, resultaba tener razón.

Después un pariente de edad avanzaba empezaba a tener problemas con su salud. Sin entrar demasiado en los detalles físicos y personales, todos nosotros teníamos la impresión que necesitaba cuanto antes ver a un especialista. Su doctora de cabecera compartía esta impresión y hacía una cita con el especialista adecuado en el hospital público. Estuvimos todavía en agosto, creo, y la cita fue para finales de septiembre. Por el dolor y la angustia no queríamos esperar tanto tiempo y fuimos a la clínica privada. Allí atendieron a nuestro pariente inmediatamente. Evitar una lista de espera tiene su precio. La rara cosa era que el doctor en la clínica privada era el mismo doctor con cual nuestro pariente tenía una cita en el hospital público para un mes más tarde.

Parece ser bastante común que especialistas médicos trabajan por la mañana como funcionario en el hospital público y tienen por la tarde su propia empresa en la clínica. Me parece un sistema que puede provocar abusos por la obvia mezcla de intereses. También en este caso. El doctor prescribió medicinas muy caras que el seguro sanitario no cubría por no ser prescritos por un especialista cuando trabajaba en el hospital público. El doctor dijo que tendríamos que ir la próxima mañana al hospital para que él en su papel como funcionario pusiera un sello del hospital público en la receta. Porque en este mes todavía no tenía muchos alumnos le tocaba a mí ir al hospital en busca de este doctor que encontré haciendo su ronda en las salas de los pacientes ingresados. ‘Sígueme,’ me dijo y me guió por el laberinto del hospital. Llegamos a una sala de espera llenísima de gente. ‘Espéreme aquí,’ susurró y entró en la habitación donde un colega suyo estaba atendiendo a la gente. Volvió unos instantes más tarde y me señaló que le siguiera. En un rincón donde nadie nos pudo ver me dio las recetas con los sellos oficiales y se despidió.

Desgraciadamente no es el único caso en que la clínica privada utiliza el hospital público para ayudar sus clientes. Otra pariente que tenía una cita para una prueba en el hospital público fue a la clínica privada porque no podía esperar más de un mes para ir a una primera consulta con un especialista. El doctor allí la avisé venir unas semanas antes de la fecha de la cita al hospital dónde él le atendería con el equipamiento avanzado que tiene el hospital.
Cuando cuento a mis amigos y conocidos en España lo que me pasó en el hospital, muchos de ellos vienen con casos iguales o más severos.

Algo no es sano en la sanidad de España. No puede ser que personas con dolor y miedo de su vida están obligadas de entrar en una corrupción provocado por la mezcla del sector público con el sector privado. En mi opinión debe estar prohibido que doctores y especialistas puedan trabajar como funcionario en la mañana y como empresario médico en la tarde.  



viernes, 27 de septiembre de 2013

Mundos paralelos

Ojalá fuera posible viajar de vez en cuando ida y vuelta entre dos mundos paralelos, solamente para ver que tal sería el resultado de una decisión diferente. Desde un mundo en que dijiste ‘si’ a un mundo en que dijiste ‘no’. Desde un mundo en que fuiste a la izquierda hacia un mundo en que fuiste a la derecha. Desde un mundo en que Europa sigue la política de la austeridad hacia una Europa que combate la crisis con una política keynesiana. Y muy fuerte sentí el deseo de poder viajar entre dos mundos paralelos el lunes después de la decisión del IOC de dar los Olímpicos a Tokio, cuando estaba leyendo el ABC en un bar en A Coruña.

Mientras estuve allí esperando mi café con leche y churros, conté cuantas páginas ABC tenía llenado con artículos y opiniones indignadas sobre el asunto. Eran al menos 25. Los columnistas escribieron sobre el tema con mucho consenso: al IOC le falta transparencia, casi nunca es la mejor candidata que gana, es una lotería con un olor a corrupción. Cuando leí todo esto, tenía mucha curiosidad hacia este mundo paralelo en lo cual Madrid hubiera ganado los Juegos Olímpicos y el ABC seguramente hubiera llenado más que 25 páginas con artículos y columnas que quizás ya estaban escritos antes de la decisión en la seguridad que perder tres veces en seguida sería muy improbable. De una manera no tuve la impresión de que el ABC hubiera publicado artículos que relativizaban este acontecimiento. No creo que hubieran escrito: ‘Hemos ganado, pero esto no significa nada porque todos sabemos que el IOC no es transparente y todo fue una lotería con un olor a corrupción. Casi estoy seguro que el ABC hubiera celebrado la elección de Madrid como la prueba de que bajo el gobierno de Rajoy la confianza en España se haya recuperado, no solamente en los mercados financieros, sino ahora también en el mundo de los deportes.  

Los medios más progresistas veían en la desaprobación de Madrid una confirmación de sus ideas. Según ellos la decisión fue influido por los escándalos del dopaje, la desconfianza en la economía española y, desde luego, la corrupción a la cual tantos políticos del partido popular están sometidos. Ojalá el IOC tuviera tantos escrúpulos morales. También circulaban en las redes sociales noticias sobre el malísimo inglés de la alcaldesa, que ganó por eso el apodo Annie Bottle. Cuando llegué a Ponferrada inmediatamente encendí mi ordenador para buscar con un sentimiento sensacionalista su tan parodiado discurso. La verdad es que el discurso no era tan malo como pensaba. Bien, su acento es muy fuerte (pero quién soy yo para juzgarlo), no parece saber muy bien lo que dice y su mimo y entonación son de veras terribles. Pero el texto era claramente escrito por un native speaker. Sobre todo sobre la frase: ‘a relaxing cup of café con leche’ era parodiado. Oía en las terrazas en Ponferrada a la gente imitar la frase, sin que tuviera la impresión que el inglés de aquellas personas era tanto mejor que lo de Annie Bottle. Que sí, lo admito, yo también hacía algunas de estas bromas. Aquella semana no solamente tomamos relaxing cups of café con leche; también las copas de vino, las cañas, si, hasta las croquetas eran relaxing.

La verdad es que no entiendo muy bien porque el relaxing cup of café con leche es a los oidos de tantos españoles gracioso. ¿Será la combinación del inglés y español? Pero yo también digo ‘café con leche’, cuando hablo holandés, porque un café con leche español es algo muy diferente que un kopje koffie met melk holandés. También puede ser que los españoles piensan que café no es tan relajante por la cafeína. O que el precio de un cup of café con leche en la Plaza Mayor no es tan relajante. Pero nosotros guiris lo tenemos que hacer cuando visitamos Madrid: tomar un café con leche en la Plaza Mayor y tener una cena romántica en el Madrid de los Austrias. Lo hice y me gustó.

Madrid es una ciudad estupenda que tal vez merecía un mejor representante que esta alcaldesa, pero creo que es una bendición para las financias españolas que estos Juegos Olímpicos tan costosos no aterrizarán en España. Pero bien, esto solamente se puede saber con seguridad si fuera posible echar un vistazo en el mundo paralelo donde Annie Bottle habría sabido conquistar los corazones de los miembros del IOC.

Haz click en la foto para ver el discurso


domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Dónde está mi casa?

Cuando dije a la madre de uno de mis alumnos particulares que no habría clases en septiembre porque iría unas semanas a Holanda, su reacción espontánea era: ‘¡Qué bien¡ ¡Vas a tu casa!’ Respondí un poco confuso: ‘Qué no, mi casa está aquí, en Ponferrada’, pero inevitablemente tenía que pensar en el TED-talk de Pico Iyer: Where is home, la cual había utilizado para una clase de inglés a un estudiante avanzado (se puede ver la charla AQUI).

Había elegido este video porque Pico Iyler habla un inglés que es fácil de entender para extranjeros, quizás porque él mismo nació como hijo de dos emigrantes hindúes en Inglaterra y vivió después en varios países. Su respuesta a la pregunta ‘Where is home’ es difusa: es dónde se siente cómodo. Él no se siente vinculado a una nación o estado, sino a la creciente comunidad de personas en el mundo que cambiaron de país o los hijos de estas personas.

En cierto sentido la madre de mi alumno también pertenece a esta comunidad de personas sin nacionalidad. Es la hija de dos emigrantes a Holanda que pasó la mayor parte de su juventud allí, hasta el padre se jubiló y toda la familia volvió a la casa familiar en un pueblo aquí en El Bierzo. Por casualidad Ana y yo habíamos encontrado a toda la familia de remigrantes cuando hacíamos una excursión por los pueblos en los montes cerca de Ponferrada. Nunca había conocido a gente con tanto entusiasmo por Holanda. Hablaban con gusto el holandés que les quedaba después de tantos años, y parecían sentir más nostalgia de Holanda que yo mismo. Quizás por eso la madre me confiaba las clases de apoyo de matemáticas en castellano, en los cuales aprendí quizás más que mi alumno.

Pero bien, el comentario ‘Qué bien, vas a tu casa’ me hacía pensar en el asunto: ¿Dónde está mi casa? Claramente mi casa física está en Ponferrada. Aquí ya están casi todas mis pertenencias y, más importante, aquí está la persona con quién quiero compartir el resto de mi vida. Pero otra cosa es dónde me siento cómodo. O dónde me gustaría vivir.

Cuando fui a vivir al Bierzo había españoles que me avisaban: ´Tú tienes un idea romántico de España. No es todo bueno: no somos todos amables y abiertos.’ Vivir ya cuatro años en la sociedad  española y entender un poco mejor lo que dicen, me hace ver más claramente que no hay solamente sol, pero también hay sombras: el odio mutuo, la envidia y la codicia que existen aquí tanto como en otras sociedades. La crisis parece fortalecer estas debilidades humanas. Lo que antes era quizás una anécdota de un viaje de vacaciones ahora es una irritación cotidiana. Todo esto forma parte de la integración.

Pero sigo sintiéndome alguien de afuera: el guiri, el holandés. A veces la gente me parece pedir explicaciones por el comportamiento de un futbolista holandés, o de los comentarios de algún político holandés con lo cual no tengo nada en común con excepción de la nacionalidad. En Holanda todavía me muevo más fácilmente en todos los aspectos.  Puedo expresarme de forma más preciso y puedo juzgar mejor situaciones y personas. También físicamente me muevo mejor en Holanda. Una de las ventajas de estar en Ámsterdam es que se puede viajar con bici por la ciudad e ir con tren para viajes a otras ciudades. No tener un carnet de conducir limita los movimientos en el Bierzo considerablemente.

Hay algo raro. Cuando estoy en Ámsterdam, me siento como si estoy de vacaciones, aunque voy a trabajar allí. Pero aquí en Ponferrada tampoco perdí por completa el sentido de estar de vacaciones. Aquí en El Bierzo queda tanto para descubrir y trabajar como profesor de clases particulares en casa hace que encuentras mucha gente interesante. Es bastante agradable: estar siempre de vacaciones. A ver si puedo mantener esta sensación el resto de mi vida, independientemente de dónde esté mi casa.

jueves, 22 de agosto de 2013

Pitbull

Acabo de hacer footing al lado del rio Sil. La verdad es que empecé un poquetín demasiado tarde; ya eran casi las diez de la mañana, y esto tiene sus desventajas. Ya hace calor, las mangueras están puestas (aunque en verano puede ser una ventaja) y ya hay muchos perros al lado del río. Esta vez también. Justamente cuando quería empezar una aceleración final, vi a un pitbull suelto. En España estos animales todavía están permitidos. Inmediatamente paré de correr y en una curva amplia pasé lentamente al perro que ni siquiera se parecía dar cuenta de mi presencia. No confío en estos perros que están criados por su agresividad y fortaleza. Quizás son los dueños en quien no debes confiar. Aunque conocí una vez a un pitbull muy especial.

Esto fue en los años ochenta en Ámsterdam. Vivía entonces en una pequeña vivienda en una calle cerco del centro que sobre todo era atractiva para mí por su renta tan baja. Primero como estudiante y después como trabajador al tiempo parcial nunca tenía mucho dinero. Desde luego las rentas tan bajas también atraía a otras personas de las ‘escalas bajas’ de la sociedad. Tenía por ejemplo un vecino psicopático y mi vecina de abajo era la yonqui más vieja y famosa de Ámsterdam, cuya muerte apareció en las noticias de la televisión local. Todos vivíamos allí juntos bajo el lema: vive y deja vivir. Mi vecina de al lado en el primer piso era una mujercita delgada y pequeña que había vivido allí desde su niñez. Cuando estaba de viaje ella solía recoger mis correos. Tenía una hija de unos veinte años que vivía en el cuarto piso. Esta hija y su novio (que en holandés llamaría un coffeeshop tipo) decidieron dedicarse al aparentemente lucrativo negocio de criar pitbulls. Por esto podía pasar que, cuando estabas subiendo la escalera hacia tu piso, oías abrir una puerta arriba después de lo cual sonaba el sonido como si saltara un alud de piedras. Esto significaba que cuanto antes tendrías que entrar en tu piso o salir hacia afuera, lo que sea más cerca, porque allí venía toda la familia pitbull que retumbaba hacia abajo: padre, madre y al menos seis cachorros.

Supongo que el negocio de los pitbulls no era tan exitoso como creían. Las leyes holandesas alrededor de la posesión de estos animales se agudizaban y cuando era obligatorio castrar a los pitbulls machos la raza gradualmente desaparecía de la escena callejera de Ámsterdam. Mientras tanto, padre pitbull, castrado y todo, se había mudado. Su mujer y sus hijos estaban mordiéndole todo el tiempo sin que él hiciera nada para evitarlo y por eso la hija de mi vecina, tan cariñosa ella, decidió regalar el animal a su vieja madre. Desde luego al principio a mí no me apetecía nada tener un pitbull como vecino de planta, pero lentamente cambié de opinión. Cuando pudiera, Sully (Sul es bobo en holandés; su nombre de veras era Sultar) entraba en mi piso para jugar o buscar caricias. Era uno de los perros más cariñosos que he conocido en mi vida, aunque tenía esta fuerza tan típica de un pitbull. Cuando jugamos en la calle con una pelota de tenis saltaba casi dos metros para coger la pelota en sus mandíbulas poderosas. Después ponía la pelota a mis pies, pidiendo con gemidos como un cachorro que empezara el juego otra vez.

Una vez, cuando volví de unas vacaciones en España sin duda, llamé a la puerta de mi vecina para recoger mis postales que ella guardaba tan meticulosamente. No respondió. Otra vez golpeé la puerta y oí a Sully resonar nerviosamente al otro lado de la puerta. Era extraño. Mi vecina nunca salía su casa sin su perro. También pensé oír su voz. Probé la palanca, abrí la puerta y grité: ‘¡Hola!’ Mi vecina se mostraba en la puerta de su habitación, completamente desnuda, con espuma en sus labios. Se tambaleaba hacia una mesa en la cual estaban mis postales, mientras Sully anduvo nerviosamente alrededor de ella. La ayudé hacia su cama y dije en pánico: ‘ ¡Voy a llamar a la ambulancia, no te preocupes!’ Cuando salí de su habitación miré una última vez hacia detrás. Sully se había puesto encima de la mujercita para protegerla, parecía, sus dos pies sobre sus hombros. Era la última vez que los veía.

Unos días después encontré a la hija en la calle. Me contó que su madre ya estaba en coma y no iba a vivir mucho más. ‘¿Y el perro?’ no pude evitar preguntar. Pues, había considerado adoptar al Sully aunque la posesión de un pitbull no era exactamente compatible con mi estilo de vivir. ‘Ya está matado,’ dijo, lo que me llenó con una mezcla de tristeza y alivio.

Y esta mañana, cuando anduve sudado desde el río hacia la casa, de vez y cuando mirando hacia atrás por si acaso, todos estos recuerdos emergían y pensé: ‘Sully era de veras el perro más cariñoso que he conocido en mi vida, pero además opino que los pitbulls deben ser prohibidos en todos los países.’

jueves, 15 de agosto de 2013

Duérmete niño

Hace unos años, cuando solamente estuve al punto de eventualmente considerar ir a vivir algún día en España, encontré en uno de mis viajes hacia Ponferrada a una mujer holandesa que ya había dado este paso y por la misma razón: el amor. A ella pregunté qué tal fue vivir en España para alguien de Holanda. Me contó que era bastante feliz. ‘¿Pero también hay desventajas?, insistí. Pensó unos momentos y después me dijo con toda su alma: ‘¡Si, la manera en que mis suegros se mezclan todo el tiempo en la educación de mis hijos!’ A pesar del tono mordaz de su voz consideré sus palabras como una animación. Por cierto, ya había llegado a la edad en la cual tener hijos no era exactamente la primera cosa en que pensaba. ‘Si esta es la única desventaja significa que se puede vivir allí bastante bien,’ pensé.

Es así. Y efectivamente ahora yo también tengo la impresión que los abuelos españoles se mezclan más en la educación de sus nietos que lo que es costumbre en Holanda. Por lo demás, veo en la educación de los niños sobre todo paralelismos entre los dos países, como hay muchas similitudes en tantos otros terrenos. Si consideras la vida cotidiana la unidad europea ya casi es un hecho. Por ejemplo, tanto en España como en Holanda los niños ya no juegan casi nunca en las calles de las ciudades. En mi juventud (ahora abuelo va a contar) siempre jugamos en la calle con una pelota: fútbol, letrero tic (tirar una pelota al letrero de la calle), si, hasta competiciones completas de béisbol jugamos en la calle en las cuales los sumideros y los palos de agua funcionaban como los bases. Esto ha cambiado en toda Europa, me parece. Hoy día los niños van a actividades extraescolares. También aquí en Ponferrada se ve por la tarde padres que en movimiento frenético llevan a sus hijos con coche a los diversos clubs de deporte, academias, escuelas de música, ludotecas, centros cívicos y profesores de clases de apoyo privados, todo esto para evitar que los niños estén toda la tarde apáticos en casa entreteniéndose con chats y videojuegos.

A pesar de este desarrollo en común, hay un aspecto de la educación de los niños en lo cual España parece ser diferente. Creo que los niños españoles duermen menos que los holandeses. Desde luego, los horarios de dormir están muy vinculados con los horarios de comer y aquí en España se come mucho a las dos de la tarde y algo ligero a las diez de la noche. Los niños normalmente no van a la cama antes de las diez u once. En el verano esto puede ser también las doce, o la una, una hora que los niños holandeses solamente logran experimentar conscientemente en la Nochevieja. Si estoy en Ámsterdam de visita en la casa de amigos con niños, los más jóvenes ya se acuestan a las ocho, para que los adultos puedan dedicar la noche a comer, beber y tener conversaciones profundas o banales. No creo que esta diferencia en horas de dormir durante la noche esté compensada por la siesta española. Si tengo razón (no hice ninguna investigación estadística) los niños españoles duermen a media dos horas menos que los holandeses. Y ahora la gran pregunta. ¿Duermen los niños españoles no suficientemente, duermen los niños holandeses demasiado, o simplemente no es tan importante cuantas horas los niños duermen? La respuesta de esta pregunta dejo en las manos de los científicos cualificados, pero en general a mí no me parece que los niños que conozco en ambos países sufren bajo una escasez o exceso de sueño. Parecen ser bastante felices. Por suerte.



martes, 16 de julio de 2013

Marca España

Últimamente se habla mucho de La Marca España. La idea es que la imagen de España necesita ser mejorada, sobre todo en el extranjero. Proviene de la impresión que los extranjeros (o los del norte) están juzgando a los españoles de manera de negativa. La abreviación PIGS para los países en problemas económicas fortalecía esta impresión. Y, desde luego, la declaración de Merkel que los españoles deben la crisis a demasiado siesta no sentaba muy bien. Creo que la idea de no pertenecer a Europa ya viene de antes, de la época de Franco, seguramente, cuando España no participó en el desarrollo de la democracia, el bienestar y la sociedad civil moderna, aunque desde los años ochenta el país lo recuperó en un ritmo acelerado.

Dudo que la fama de España sea tan mala como muchos españoles piensan. En Holanda, en todo caso, nunca noté algo de sentimientos negativos sobre España. Al contrario. Existe la idea que los españoles en general son amables, espontáneos y abiertos. Cuando digo a mis estudiantes en Holanda que normalmente vivo en España veo que los ojos van a brillar. Desde luego: piensan en vacaciones, paella, vino, playas, discotecas, fiestas, que bailamos por la noche flamenco sobre la mesa y, sobre todo, que siempre brilla el sol. A veces tengo que hacer llamadas a instancias oficiales holandesas en las cuales debo explicar mi domicilio. A menuda la reacción es: ‘¡Qué suerte tiene usted! Aquí en Holanda hace tanto frío.’ Lo que no saben es que en El Bierzo el frío puede ser insoportable. La primavera pasada estaba tan terrible que, cuando al fin llegaron los primeros signos del verano, lo celebré ampliamente. El primer vencejo en el cielo recibió un aplauso desde nuestra pequeña terraza. Las primeras moscas que entraban por la ventana abierta convidé con la palabra ‘Bienvenida’ escrita en letras de miel sobre la mesa. Cuando en una noche de junio el primer mosquito hacía sonar su normalmente tan pesado sonido puse mi culo al aire gritando: ‘¡Tómalo, es tuyo!’ Sois también un pueblo bastante espontáneo,’ era la reacción asombrada de mi mujer. 
En breve, creo que las opiniones de los holandeses no serían tan positivas si hubieran tenido malas experiencias en España o con los  españoles.

La rara cosa es que justamente las personas que tanto hablan de la Marca España son las que hacen más daño a la fama de España. Los políticos corruptos que nunca dimiten, que nunca dicen: lo siento que había esta corrupción en mi partido y pido perdón al pueblo español. En la prensa internacional todavía no había tanto énfasis en la corrupción en España. En los periódicos holandeses leí más artículos sobre los caprichos de Berlusconi que sobre los casos Gürtel, de los ERE, o Noós. Esto debe ser porque Berlusconi con sus fiestas de Bunga Bunga genera artículos más sabrosos que el aburrido Rajoy que cada mes recibía (presuntamente) un sobre con unos billetes de 500 euros.

Aunque no creo que la fama de España sea tan mala, tengo un propósito para el nombramiento de ‘Mascarón de Proa de La Marca España’. Son dos personas: una mujer y un hombre, como debe ser. Hacen su trabajo sabiendo que no siempre es bien para la carrera actuar contra los intereses de los grandes partidos. El hombre es el juez Ruz, quien parece hacer lo que debe hacer en el caso Bárcenas. La heroína que propongo es la jueza Alaya, mi favorita de las noticias. Su maletín sobre ruedos debe aparecer en las pesadillas más pesadas de muchos socialistas andaluces con la conciencia sucia. Formarían una formidable estatua sobre las plazas mayores de España. Los dos capturados en el momento que andan a un palacio de justicia, él con su cartera debajo de su brazo, ella tirando de su maletita sobre ruedos, los dos con una peluca blanca de la caca de las ‘ratas voladoras’.

lunes, 8 de julio de 2013

Antigots

La semana pasada estuvimos en Menorca. Un pequeño paraíso. Allí la costa no está estropeada por el turismo masivo. Casi no se ve los grandes hoteles que determinan el panorama de tantas otras costas. Para llegar a las calas más bonitas se debe andar desde un aparcamiento por un paisaje silvestre hasta llegar al mar de color azul turquesa. Las ciudades y los pueblos tienen una mezcla agradable de mucho ambiente y mucha tranquilidad. No vimos mendigos, tiendas cerradas u otras señales de la crisis pendiente. Vale, encontramos un Compro Oro en el capital Maó, es verdad, pero este tenía que combinar este negocio con la compraventa de coches de segunda mano. Se vive bien en Menorca, está claro.

Los últimos días nos quedamos en una granja en el Parque Natural en el este de la isla. El granjero nos dio una llave para abrir la cadena que cerró una verja hacia unos caminos. Nos indicó dónde ir. ‘Hacia allí caminas al mar y a unas calas vírgenes,’ dijo, ‘en esa dirección está la albufera y detrás de la granja del vecino están los antigots (palabra basada en antic: antiguo).’ El día después nos dirigimos por la mañana antes de todo hacia los antigots. Ya habíamos visto algunos, estos restos de la cultura prerromana que dominaba Menorca hace unos 3000 años. Pero esta vez era más especial, quizás por la exclusividad de la visita, o por la suave luz de la mañana. No había nadie. Y probablemente todo el día no habría nadie. Con respeto contemplamos la taule, una enorme piedra erigida que sostiene otra piedra horizontal encima. Los habitantes de entonces utilizaban esta construcción para sostener un techo de una tumba o de un templo quizás. Nos impresionó la construcción sencilla, que nos llenaba de sentimientos espirituales, casi religiosos. Susurrábamos unos comentarios de admiración. ‘Pero se llaman antigots’, dije estropeando el ambiente espiritual, ‘lo que en holandés o inglés parece a la palabra anti-dioses.’ Lentamente llegamos a la conclusión que, aunque fuera la intención de honrar a los dioses, muchos edificios religiosos muestran lo contrario: el poder de los humanos. Lo que nos impresiona de las pirámides, las catedrales medievales y los antigots es que la gente ya entonces era capaz de construirlos con las técnicas tan primitivas. Eran trabajos de muchos años, mucho esfuerzo, mucha dureza. Y esto para obras sin utilidad directa para la vida cotidiana. ¿Qué pensarán las generaciones futuras de las construcciones de hoy día? ¿Qué pensarían, por ejemplo, de la Torre de la Rosaleda en Ponferrada en el caso improbable que el edificio sobreviviera tantos años?

Nuestros comentarios habían llevado nuestros pensamientos de vuelta hacia el Bierzo prematuramente, tres días antes de terminar estas vacaciones demasiado cortas. Efectivamente, la Torre de la Rosaleda tiene algo en común con la taule que estuvimos contemplando. Erguido, apuntando al cielo. Además, justamente como en el caso de las taules, El Torre de la Rosaleda no parece tener ninguna utilidad directa. La tasa de crecimiento de la población no indica ninguna necesidad de tantos metros cuadrados de apartamentos. Los visitantes futuros de la ruina pensarán que debía haber algún motivo religioso. Quizás habrá una pareja que, después de la contemplación inicial llena de sentimientos espirituales, casi religiosos, llega a la conclusión que el edificio es sobre todo una muestra del poder humano en vez de los poderes divinos. Y la pareja futura tendrá razón. El Torre de la Rosaleda quizás tiene este mensaje. Muy impresionantes estos montes, estos ríos, el sol, el mar, que son las obras de la naturaleza, de la casualidad, del dios, los dioses o las diosas  ¡Pero mira lo que podemos hacer nosotros! ¡Mira qué edificio sin ninguna razón hemos construido, solamente por el dinero. Es el símbolo profano por excelencia. Un dedo erguido hacia el cielo.


 La Taule cerca de Sa Torre Blanca en Menorca

La torre de la Rosaleda en Ponferrada

lunes, 24 de junio de 2013

Sumergido

Estamos en el Chelsea Bar, como ya casi es tradición los jueves. Hablamos inglés. Desde luego. Estamos entre guiris bercianos. Aunque sea así, el inevitable tema de la conversación es la crisis. El desempleo. El déficit del estado. Uno de mis compañeros tiene una posible explicación de algunos problemas presupuestarios en España. Dice: ‘Hay demasiada gente que trabaja en la economía sumergida. Sin pagar impuestos. ¿Nunca fuiste a un dentista? ¿O a una consulta privada de un especialista médica? ¿Una vez te han dado un recibo?’ Todos negamos con la cabeza. Cuando fui a un dentista para un tratamiento un poco más amplio me costó exactamente cien euros. Una cifra demasiado redonda para no ser sospechosa. Desde luego no recibí ninguna factura. ‘También es que los desempleados aquí casi están forzados a trabajar en la economía sumergida con subsidios tan bajos,’ dice otro. ‘Una familia no puede vivir de 400 euros.’ Hacemos una comparación de nuestros respectivos países para ver dónde los subsidios mínimos son los más bajos. España gana contundentemente esta competición negativa. Después de unas cervezas nuestra conversación gradualmente se desvía a los aspectos más agradables de la vida en El Bierzo: la naturaleza, las rutas en la montaña y, desde luego, la comida.

El próximo día voy a una tienda de ropa para buscar dos prendas para alguien que vive afuera de Ponferrada. ‘¿Quieres una factura?’ me pregunta la propietaria después de recibir el dinero. ‘Si, por favor,’ respondo. Por cierto, las prendas no son para mí. La mujer coge una tarjeta de presentación de su tienda y escribe sobre el reverso los precios. Nada más. No sello de la empresa. No calculación del IVA. Firma solamente con su nombre. Otra vez formo parte de una transacción en el circuito informal.

Los ejemplos de la vida cotidiana son los peces pequeños en el gran mar de la economía sumergida. Sobre los peces grandes leo diariamente en los periódicos, que llenan muchas páginas sobre estos asuntos. El tamaño de la economía sumergida en España se estima en un 20% del PIB. Para comparar: el de Holanda se estima en un 10%. Desde luego estas estadísticas no son exactas: la cantidad de dinero que circula ilegalmente es difícil de medir. Está claro que la economía informal está por todas partes.
  
Creo que en Holanda sobre todo los ‘sospechosos usuales’ están activos en el sector informal: los circuitos de las drogas y prostitución, la construcción, la limpieza. Aquí en España son los políticos mismos que participan ampliamente en transacciones ilegales. Es casi increíble que el extesorero del partido político que predica la austeridad tenga € 47 millones en bancos de Suiza. Debe haber acumulado todo esto dinero mientras trabajaba para el partido. También eran asombrosas las noticias de que Jordi Pujol (hijo del famoso político catalán) regularmente llevaba bolsas llenas de billetes de 500 euros a bancos en Andorra. Corren rumores que tanto Bárcenas como la familia Pujol no pagaban impuestos sobre estos ingresos.

No sé si fue por este último caso, pero desde el ambiente político hay propuestas de retirar los billetes de 500 euro de la circulación para frenar así la corrupción y la economía sumergida. Pobres corruptos. Tendrán que llevar bolsas cinco veces más grandes, llenas de billetes de cien euros, a los sitios seguros. Bárcenas no sería capaz de poner todo su dinero en las por cierto no tan pequeñas cajas fuertes de los bancos suizas. En una calle de Andorra podremos ver a la familia Pujol empujando desesperadamente una inmensa bolsa que es demasiado gorda para poder pasar la entrada de un edificio bancario. ¡Muy bien! ¡Así se debe tratar a los criminales! ¿Quién dijo que desde la política nunca venían soluciones? Mientras tanto tengo una gran ocupación. Vi en la televisión que los imputados de corrupción casi siempre llevan gafas de sol cuando entran o salen de las salas de justicia. Espero esto no signifique que también decidirán prohibir las gafas de sol, justamente ahora cuando acabo de acostumbrarme a mis gafas con cristales oscuros. 

miércoles, 12 de junio de 2013

El paseo

Es un sábado, alrededor de las siete de la tarde. Debería ser la hora en la cual las calles se llenan de gente para hacer shopping. Pero nada de eso. La mayoría de las tiendas está cerrada. Unas tienen los escaparates vacíos. ‘Se vende’ o ‘se alquila’ está escrito en los posters pegados en las ventanas. En los cristales de las tiendas que ya se habían cerrado desde hace mucho estos posters recibían compañía de otros: llamamientos para una manifestación, anuncios de clases privadas o de cosas de segunda mano, y el inevitable ‘Compro Oro’. Pero también las tiendas que todavía funcionan, cierran hoy día las puertas los sábados por la tarde. No hay suficiente clientela. La crisis se nota. Y, desde luego, el hecho que mucha gente prefiere ir al centro comercial cubierto con sus aparcamientos y la protección contra los caprichos del tiempo.

Con cierto sentido de nostalgia recuerdo como en los años ochenta en España las calles de pronto se solían llenar de gente callejeando. El Paseo, se llamaba este fenómeno. En una hora de la tarde determinada todo el mundo salía a la calle, paseando tan lento como posible y saludando a tantos conocidos como posible. Pasaba en todas las ciudades y pueblos, desde Las Ramblas y las calles alrededor en Barcelona hasta en las pocas calles de un pueblito pirineo. Una vez estuve unos días en uno de los barrios más feos en las afueras de Madrid dónde absolutamente no parecía pasar nada, hasta también aquí como si por encanto los vecinos salieron a las calles para ver y ser vistos. A nosotros, joven interrailers, nos encantó el Paseo y nos mezclamos entusiasmados entre la gente deambulando. Desgraciadamente nuestros cuerpos jóvenes llenos de energía no eran capaces de adaptarse a una velocidad de moverse tan exasperantemente lenta, por lo cual antes de nada ya habíamos recorrido todas las calles ida y vuelta varias veces. Después nos parecía más cómodo sentarnos en una terraza contigua para contemplar el fenómeno desde allí con una caña en la mano y dar puntos para elegir el mejor paseante, una competición que sin excepción fue ganado por una chica graciosa con la mirada oscura.


Ahora, mientras deambulo por las calles vacías de Ponferrada, echo de menos el Paseo. Sí, me pongo viejo, y esto parece significar que vas a tener la idea que antes todo era mejor o, en todo caso, todo era más agradable. Quizás tengo ahora la edad en la cual me pudiera adaptar a la velocidad de moverse como en el Paseo. Voy a probarlo; ¿por qué no?; no hay nadie que me ve. Tan lento como posible ando por la calle desierta. Una ventaja es que así tengo la oportunidad de mirar los escaparates y leer los posters y anuncios. Pero no, no puedo soportar andar tan despacio. Además, casi no hay nadie que hoy día se mueve a este ritmo. La moda prescribe hacer footing. Por la tarde se ve en los parques y los caminos alrededor de la ciudad pequeños grupos de personas, sobre todo de mujeres, que andan en un ritmo rápido mientras mueven los brazos de una manera exagerada. Cuando los veo no puedo evitar pensar: ‘Hop, hop, hop’. A ver si esta manera de desplazarse me va mejor que pasear lentamente. Hop, hop, hop. ¡Me gusta! ¿Dónde iré? ¿Al centro comercial cubierto? No, la gente allí se sorprendería ver un guiri moverse por las galerías en este ritmo. ¿Sabes qué? Voy por el Parque del Temple al río Sil y después por el puente al monte Pajariel. Así disfrutaré el paisaje primaveral. Es sano, agradable y gratis. Hop, hop, hop. 


viernes, 31 de mayo de 2013

Recordando a Carmen

Por un momento miro atontado a mi móvil. Las lágrimas crecen en mis ojos. Ana, que estaba escuchando la conversación, viene a mí y me abraza. Lloramos juntos. La que acabó de llamarme era Vicky de Barcelona. Cuando su nombre aparecía en la pantallita de mi móvil ya supe cuál sería el mensaje. Ya hace unas semanas Carmen estaba moribunda. Entonces, ahora la muerte había llegado. Vicky y yo rememoramos recuerdos. Tan buena amiga. Una mujer con un corazón muy grande. Con una actitud ante la vida tan positiva. Tan fuerte. Para siempre vivirá en nuestra memoria.  

Más tarde voy a mi laptop en lo enciendo. También en Holanda Carmen tenía muchos amigos. Mi primer mensaje va a Wybe y Marcel. La semana pasada estaba en Holanda y nos encontramos los tres en un bar. Allí brindamos por Carmen, ya sabiendo que su muerte prematura sería inevitable. Después seguían más cervezas con cada vez más recuerdos y anécdotas. Nos habíamos encontrado en el camping de Florence en 1980, cuatro chicos holandeses y cuatro chicas españolas, todos en un viaje de interrail. Las visitas mutuas. Nuestros bares preferidos. El Pastís en Barcelona donde el camarero siempre ponía Le Port d’Amsterdam cuando entramos. Café De Sproeier (el regadero) en Ámsterdam. Excursiones nocturnas con bicicleta por las calles de Ámsterdam con las chicas en risas detrás sobre el trasportín. Caminatas largas por los pubs, las discotecas y los teatros obscuros de Barcelona, las cuales solamente el día después con la luz del día y un mapa de la ciudad pudimos reconstruir.

Mi segundo email va a los otros amigos y amigas que quieran a Carmen. Son muchos. Se conocieron en Ámsterdam o en Barcelona. Los amigos de fútbol teníamos la tradición de organizar excursiones de varios días a Los Pirineos, con una visita a Barcelona después de tanta naturaleza. También mis amigos experimentaban la hospitalidad y vitalidad alegre de Carmen. Más de uno se enamoró de ella. Carmen hacía que Barcelona era la ciudad más hermosa del mundo. Algunas veces ella venía con nosotros. El imponente silencio de la alta montaña la impresionó mucho. No tenía mucha experiencia en montañismo, pero a pesar de esto subió, aunque fuera soltando tacos, los picos más altos como el Pedraforca y el Pic de L’Infern. Después de tanto ejercicio ella solía ser en el refugio el centro brillante de la atención de los barbudos alpinistas. La facilidad con la cual ella se relacionaba con otra gente era envidiable. Sin prejuicios. Desde hippies hasta gente de negocios. Desde punkers hasta los más pijos.

Este verano la vi por última vez. La situación era diferente. Ella estaba casada con Michel. Yo venía con mi mujer Ana. Pero además nada parecía haber cambiado. Estaba feliz. A pesar de un dolor en la espalda. Esto resultó ser una señal de la inminente desgracia.

No creo en el más allá o en la vida después de la muerte. Pero de una cosa estoy seguro. Carmen estará conmigo cuando deambulo por el Barrio Chino, cuando estoy de excursión en los pirineos catalanes o cuando hago una ruta con bici por los campos de Holanda, como a ella le gustaba tanto hacerla. La oiré hablar y reír.


Carmen en el Pedraforca con algunos amigos de Ámsterdam

lunes, 13 de mayo de 2013

Pensamientos después de comer una naranja en la alta montaña


Era durante la caminata estupenda a las lagunas de Fasgueo cuando aproveché una pausa para pelar la naranja que había traído hacia tanta altura. Uno de los excursionistas me dijo: ‘¡Qué apropiada: una naranja!’ No entendí muy bien el porqué de este comentario y respondí: ‘Si, desde luego, en España se debe comer naranjas, ¿verdad?’ Me explicó que se refería al color naranja de la familia real en Holanda. ‘Ah, claro ….,’ respondí vergonzosamente por mi lentitud de entender. Mientras descendimos hacia Las Brañas de Susañe no pude evitar pensar en las familias reales de mis dos queridos países.

En mi opinión un cargo importante se debe ganar por méritos y no por herencia genética. Pues, en principio soy un republicano. Ya desde hace mucho. En el año 1980, cuando había la coronación de la reina Beatrix en Ámsterdam, estuve en la manifestación en contra de la celebración. La manifestación consistía sobre todo de okupas y anarquistas; el código de vestimenta era negro. En el momento el que apareció la policía muchos de los manifestantes se volvieron completamente locos y empezaron con un espantoso fanatismo a tirar piedras a las cabezas de los policías. Aquel día perdí por completo la confianza de que de una revolución violenta pudiera llegar algo bueno.

Durante los años después la popularidad de la reina Beatrix en Holanda iba en aumento, sobre todo porque no había demasiados rollos. No había casos de corrupción. Ella ni su marido tenían amantes secretos. El asunto de una nuera que en su juventud había tenido una relación con un jefe de un cartel de drogas se solucionó con quitarle los derechos al trono al segundo hijo. El asunto del padre de Máxima, que había sido un ministro del sangriento régimen de Videla en Argentina, se solucionó con prohibir que los suegros del que sería rey asistieran a la boda y a la entronización. Las críticas más duras que recibió Beatrix vinieron de los partidos populistas de extrema derecha, porque la reina se atrevía en sus charlas de Navidad hablar sobre la tolerancia y la riqueza de la diversidad cultural. Por lo demás Beatrix era una reina respetada por casi todos los holandeses, incluidos los republicanos como yo.

¡Qué diferencia con la casa real de España! Aquí la monarquía parece perder cada vez más su apoyo en la sociedad. La famosa foto de Juan Carlos con el elefante muerto generó muchos comentarios críticos, sobre todo porque el viaje a África en medio de la crisis había costado una fortuna. Peor, obviamente, es el caso de corrupción de yerno del rey y la Infanta Cristina. Ahora los jueces han decido que la infanta misma no va a ser perseguida por el caso Nóos, lo que no hace exactamente crecer la popularidad de la familia real. Muchos españoles creen que la infanta está protegida por su padre u otras instituciones. Hasta ahora el Príncipe de Asturias no está involucrado en el caso Nóos. Parece que ya están preparando a la gente para una futura sucesión. Para mi sorpresa vi en las noticias de TVE1 un discurso en inglés de Felipe para algún fórum internacional con subtítulos, pues sin que sonara esta voz superpuesta en castellano, como suelen hacer con oradores en inglés menos talentosos como Obama o Cameron.

Son las vueltas de la historia. Holanda, este país que en el siglo 16 se reveló contra ‘el rey de España’, el país que en los siglos 17 y 18 era una de las pocas repúblicas del mundo, el país que hace poco tenía el nombre de ser un modelo de progresividad, ahora se ha envuelto en el cursi color naranja de su familia real. Mientras en España la casa real parece hacer todo lo posible para conducir hacia la tercera república.
La bandera de la república en una manifestación