martes, 28 de agosto de 2012

Deportes


Con movimientos angulosos las chicas españolas andan al borde de la piscina, donde en una pose conjunta dibujan dos peces. La música empieza. Saltan en el agua donde continúan con su rutina. Es increíble como hacen todo sincronizadas. Y todo el tiempo están sonriendo. En los primeros planos se puede ver que las sonrisas son crispadas. Desde luego. Esto es un deporte muy duro. A pesar de eso, es extraño que lo esté viendo.  Un deporte que está decido por jurado. Nunca lo hubiera hecho en Holanda.

Son las cuatro de la tarde. Es la hora a la que solemos digerir la comida en el sofá mientras vemos nuestra serie favorita Amar en Tiempos Revueltos. Con estos actores estupendos. Por mala suerte han parado la novela durante los meses de verano. No creo que el gobierno del PP paró esta novela de signo claramente de izquierdas y progresista. En España la televisión pública está completamente en manos del partido que gobierne. Nuevos presentadores son elegidos al dedo. También los programas mismos van a cambiar. Por ejemplo, volverán los toros, cómo símbolo del estado central. Pero un programa tan popular como La Novela el gobierno no se atrevería a tocar. Solamente durante estos meses. Porque hay algo todavía más popular. Deportes.

Todo empezó con la copa de Europa de fútbol. Que La Novela desapareció por eso temporalmente de la pantalla, vale, ningún problema para mí. Era muy agradable digerir la comida mientras en la televisión podía ver que el fútbol en Holanda se había deteriorado bastante desde que salí del país. Otra vez, España jugaba maravillosamente, sobre todo durante el final. Pero después venía el torneo de Wimbledon y la Vuelta de Francia. ¿Todavía hay gente que mira todo esto? Por cierto, aquí en España la popularidad de estos eventos disminuyó considerablemente por la herida de Nadal y la descalificación de Contador. Porque la verdad es que ver deportes es sobre todo interesante cuando se puede identificar con un los favoritos.

Eso se puede ver reflejado en los imágenes de los Juegos Olímpicos en la televisión. Cada país tiene sus propios Juegos. Aquí en España vemos natación sincronizada, taekwondo, baloncesto, balonmano, judo y deportes de agua. En Holanda piensan que todo el mundo sabe quienes son Ranomi Kromowidjojo (oro 100 metros natación mujeres) y Epke Zonderland  (oro en gimnasia). Recuerdo que en un año antes de la hegemonía de internet estaba en Madrid durante los Juegos Olímpicos de invierno y quería saber si Holanda había ganado otra vez una medalla en el patinaje de pista. Imposible saberlo. Ningún periódico o programa de la televisión mencionó ni siquiera la existencia de este deporte, que en efecto debe ser uno de los deportes más aburridos para ver en el mundo. Se mira un reloj y dos personas patinando todo el tiempo la misma ronda. Pero cuando era niño, estaba en frente de la televisión con un papel para notar los intervalos del tiempo. ‘¡Una ronda de 37 secundas; es increíble!,’ me pudieron oír gritar los vecinos. El éxito casi seguro de Holanda no frenaba mi entusiasmo. De vez en cuando había algunos americanos que practicaban patinaje de línea a quienes también le parecía divertido ganar unas medallas en patinaje de hielo, lo que generaba que se animase la competición. En estos años hasta miraba el patinaje artístico porque una holandesa, Sjoukje Dijkstra, ganó medallas. Hasta ahora sé, por ejemplo, lo que es un doble Axel.

Desde el sofa vemos como las chicas españolas han acabado su rutina de natación sincronizada. Ahora vienen los resultados del jurado. Como esperado mucho mejor que las chicas egipcias que nadaban antes de ellas. Y no tengo ningún idea porque.

martes, 14 de agosto de 2012

Mutriku


Este camping es ideal. Vistas al mar. El golfo de Vizcaya. A la izquierda abajo justamente se puede ver las últimas casas del puerto de Mutriku. Lo demás del pueblo está escondido en la verde bahía. Lentamente muere la tarde. Tomamos un último vasito de txakoli. Vino joven de aquí. Un jersey es necesario. Las noches vascas son más fresquitas que las del Bierzo. Estas son vacaciones como deben ser. Pues, bien, casi. Alrededor de mí estoy escuchando holandés.

Y pensé que lo había superado. Esta compulsión de evitar tanto como posible compatriotas durante un viaje. Recuerdo como la última vez que estaba en El Parque de Ordesa el placer de la caminata al lado de un arroyo corriente con muchas cascadas espectaculares era completamente destrozado porque tantas personas que iban en la dirección contraria me saludaban con: ‘Goedemiddag. Mooi hé’ (Buenas tardes. ¿Qué bonito, ¿no?) ¿Por eso había viajado más que 1500 kilómetros? Desde entonces borré El Parque de Ordesa de mi lista de destinos de viaje y lo sustituí por montañas más remotas. Pero holandeses están por todos lados.

Creo que muchos holandeses aquí en el camping comparten mi aversión contra encontrar compatriotas. Hace un rato, cuando estuve fregando los platos, se ponía a mi lado una mujer holandesa. De una manera los holandeses siempre nos reconocemos. A pesar de eso decimos, sea un poco dudosamente: ‘Hola’. Después fregamos silenciosos nuestros platos, ella con su cepillo holandés y yo con mi esponja. Cuando salí, dije ‘tot ziens’ (adiós), con lo cual quebré un código no escrito. Al volver con mis platos de plástico a la tienda, Ana me preguntó: ‘¿Hablaste un poco holandés?’ Ella sabe como lo echo de menos de vez en cuando. ‘No me gusta encontrarlos en vacaciones,’ respondí ceñudo. ‘Pues, la verdad es que el camping es muy tranquilo con todos estos holandeses,’ dijo. Era verdad. Ya eran las once de la noche, pero no se oía a nadie. La gente ya se acostaba.

Y ahora, mientras estamos disfrutando nuestro txakoli, hablamos sobre las diferencias en los caracteres de los pueblos. En mi opinión no hay tantas diferencias. Esta costa verde con lluvias atrae a un tipo de turista que es un poco más aventurero. Quieren descubrir la cultura y la naturaleza. Si vas a las playas con sol y discos vas a ver otro tipo de turismo. ¿Pero sabrán tus turistas tan aventureros que estén en el País Vasco?, pregunta Ana. Casi imposible no saberlo. En las calles de Mutriku hay por todos lados pancartas que llaman al traslado de los prisioneros del ETA al país vasco o que llaman a una amnistía total.

He aprendido que eslóganes en los muros no siempre representan lo que piensa la mayoría de la gente. En Ponferrada hay por todos lados eslóganes que dicen que El Bierzo debería ser gallego o que se debería hablar llionés. Pero la verdad es que nunca he encontrado a nadie en El Bierzo que de veras piensa que ser o hablar gallego o lionés es de verdad tan importante. Tengo la impresión que se trata de muy pocas personas, quizás solamente dos, que andan por las calles nocturnas de Ponferrada para rayar o borrar con typp-ex los eslóganes del otro y sustituirlos por los de su nación preferida. Hasta puede ser que se trata de una persona sola. Alguien con la personalidad desdoblada. ‘Humor holandés’ es la reacción de Ana a mi perorata. Siempre dudo si esto es una cualificación positiva o negativa.

En el país vasco las cosas parecen ser diferente. Los carteles están colgados en ventanas de casas privadas. También en celebraciones oficiales se ve carteles sobre el regreso de los prisioneros del ETA al país vasco. Para un guiri esto muestro de solidaridad con un movimiento violento y ultranacionalista es incomprensible. A veces provoca sentimientos incómodos. Ayer estuvimos en el pueblo de Orio para ver la regata de las traineras. El equipo de Orio ganó y esto se celebró en la plaza central. Daban a toda la gente un papelito con un texto en vasco para cantar. Probamos entender el texto, pero era imposible. Entonces, no cantábamos. Porque nunca se sabe de que se trate.

De pronto suena: ‘¡schchss!’ ¿Holandeses? ¿O los españoles de la tienda a la izquierda? En todo caso, el mensaje es claro. ¡Silencio! Stilte! Estamos hablando con voces demasiadas altas. Callados cogemos nuestros neceseres y andamos en la dirección del edificio de los baños.


miércoles, 25 de julio de 2012

¡Qué hagamos el amor!


Es sorprendente como la blasfemia estándar en el castellano y en el holandés se parece en sonido. Un holandés que se quema con el sartén pide a dios que le condene: ‘¡Godverdomme!’ Un español llama en circunstancias iguales al acto sexual: ‘¡Joder!’ Porque en holandés la letra g está siempre pronunciado como una jota, el sonido es casi igual y basta decir en holandés ‘¡gggooo!’ o en castellano ‘¡jjjjooo!’ para hacer claro lo que quieres expresar.

No es mi intención dar aquí una amplia explicación sociolingüística del fenómeno que holandeses llaman a dios en caso de un accidente y españoles llaman al acto sexual. Las palabras perdieron mucho de su sentido original. Aunque nunca recibí ninguna educación religiosa, yo también digo de vez en cuando godverdomme. Quizás es el sonido de una jota raspante que hace las palabras tan adecuadas para blasfemar.

Tuve que pensar en las diferentes maneras de blasfemar cuando vi en las noticias que una representante del PP gritó ‘¡Qué se jodan!´ cuando los recortes en los subsidios de los desempleos eran proclamados (para verlo, hace click aqui). En inglés se puede casi literalmente traducir estas palabras con: ‘¡Let them fuck themselves!’ Para la mejor traducción en holandés no vale ni invocar a dios ni exclamar el acto sexual, pero tenemos que buscar en la dirección de desear a alguien una enfermedad grave: ‘¡Laat ze de kolere krijgen!’ (¡Qué tengan la cólera!)

La mujer en cuestión, Andrea Fabra, declaraba el día después que sus palabras no estaban dirigidas a los parados, aunque si tenía esta apariencia, pero a los miembros del PSOE. Con esto se cerró el asunto polémico. Por cierto, Andrea Fabra es la hija del cacique Carlos Fabra que en este momento está bajo sospecha de diferentes casos de corrupción. Con su famoso aeropuerto de Castellón obtenía cierta fama en toda Europa. Este aeropuerto sin aviones está considerado como el símbolo de los proyectos sin sentido que realizaban los políticos en colaboración con empresas de amiguitos y cajas de ahorros en manos de los mismos políticos. En frente del aeropuerto habrá una estatua que representa al mismo Carlos Fabra. Esto es como decir a toda España: ‘¡Qué os jodáis!’

Con políticos como estos a nadie le puede extrañar que la autonomía de la comunidad Valenciana está en este momento en grandes problemas financieras. Tampoco la caja de ahorros de Valencia, ahora parte de la famosa Bankia, era exactamente lo que se puede llamar la entidad financiera más confiable del mundo. El estado central de España deberá dar apoyo financiera y si las apariencias no engañan Europa tendrá que apoyar a España.

Esta semana recibí un mensaje del estado de Holanda que puedo votar en septiembre en las elecciones generales de Holanda. Es triste, pero parece que con mi voto puedo influir más en la situación financiera en España que si pudiera votar en España. Europa va a ser el asunto más importante de estás elecciones. Voy a votar a uno de los partidos pro-europeos. Desde luego. Formo la mitad de una pareja de amor europeo, que tiene su origen en una de las formas más exitosas de cooperación europea: Interrail. En mi opinión deben venir los eurobonos, fondos de rescate y un BCE que interviene directamente en los mercados financieros. Desde luego se debe poner condiciones a los créditos y las garantías; condiciones éticas, sobre todo. Y que no os preocupéis, alemanes, holandeses y finlandeses, la mayoría de los españoles es gente decente y está harta de los políticos corruptos. Algo está cambiando aquí. Mala administración como en Valencia nunca más debe ocurrir. ¡Qué nadie se joda! ¡Qué hagamos el amor!


lunes, 16 de julio de 2012

Dos Bercianos en Barcelona


¿Cuántas veces he estado en Barcelona? Es difícil saberlo. La primera vez fue en 1982. Interrail. Nunca en mi vida olvidaré el momento en el cual mis amigos y yo, después de un largo viaje por la noche, llegamos en un tren repleto que se tambaleaba. Nos asomamos a las ventanas y vimos pasar los barrios caóticos de las afueras de Barcelona bajo el sonido rítmico de las ruedas sobre les railes y las señales frecuentes de la flauta de vapor. Bajamos en la Estación de Francia y miramos todo con asombro. ¡Qué ciudad!

Fue mi primer viaje a España. Muchos siguieron, pero casi nunca sin pasar por Barcelona. Allí nuestros amigos catalanes nos mostraron los rincones escondidos de la ciudad. También nos daban avisos valiosos sobre cómo continuar el viaje de interrail. Sobre un mapa de España escribieron en frente de la costa de Galicia: ‘Pulpo, Islas Cíes, Ribeiro, Baiona’ y una semana después estuvimos tomando pulpo con un vaso de ribeiro en el bar O Buraquiño en Baiona después de una excursión con barco a las Islas Cíes.

A lo largo de los años veía a Barcelona cambiar. Sobre todo después de los juegos olímpicos de 1992. Los barrios donde vivía la gente marginalizada desaparecieron y fueron substituidos por barrios con viviendas modernas. Nuevos edificios altos cambiaron la silueta de la ciudad de manera espectacular. Cada vez que visité Barcelona pasé por la Sagrada Familia para ver si habían añadido algo. En los años ochenta la construcción iba lentísima, pero en los noventa había una aceleración. En la actualidad la catedral de Gaudí casi está terminada. Casi es una lástima.

Y ahora Ana y yo estamos paseando en el boulevard cerca de Port Olímpic en el último día de esta semana de vacaciones demasiada corta. Este parte de Barcelona se ha convertido en una mundana ciudad de la playa. Otro aspecto de la ciudad más. Esta semana ya vimos que las calles alrededor del Museu d’Art Contemporani en el barrio del Raval se habían vuelto en un centro para la Barcelona artística con muchos atelieres y restaurantes estilosos. Unas calles próximas están llenas de pequeñas tiendas y restaurantes filipinos y pakistaníes. El barrio distrito@22, cerca de donde andamos ahora, nos mostraba la Barcelona moderna con muchas pequeñas empresas tecnológicas y creativas. Barcelona se muestra cada vez más dinámica y cada vez más internacional.

Aunque existe también otra tendencia. Mientras seguimos caminando por el boulevard hablamos sobre las frecuentes discusiones que habíamos tenido esta semana sobre la cuestión catalana. En casi cada encuentro surgió el tema. La crisis parece haber agudizado los contrastes nacionales. Los catalanes se sientan mal vistos en España, mientras son ellos que pagan relativamente más impuestos. Me contaron que durante partidos de fútbol de Barcelona fuera de la casa la gente animaba el otro club gritando: ‘¡España! ¡España!’ Cuando al principio de esta semana el equipo nacional de España ganó de manera tan sublime el final de la copa europea, los catalanes subrayaban que la mitad del equipo provenía de Barcelona. ‘Pero no todos los jugadores de Barcelona provienen de Catalunya,’ respondí. En general, el nacionalismo, sea español, catalán u holandés, no me gusta mucho. Casi nunca traía algo bueno, como sabemos en Holanda con estos partidos populistas casi absurdos. Hace poco había un partido holandés que se llamaba ‘Orgulloso de Holanda’, como si donde has nacido es un logro y no una casualidad.

Mientras continuamos caminando lentamente por el boulevard lleno de ciclistas, skaters, joggers y grupos adolescentes en busca de adolescentes del otro sexo, empezamos a tener un poquetín de sed. Decidimos tomar una cervecita en el próximo chiringuito. De pronto Ana grita asombrada: ‘¡No me lo puedo creer!’ ‘¿Qué?’ ‘¡Mira! ¡Este chiringuito se llama El Bierzo!’ Ahora yo también me entusiasmo. ‘¿Cómo es posible? ¡Quizás tienen vinos del Bierzo!’ ‘O pimientos asados con cecina o chorizo de Molinaseca,’ dice Ana cada vez más alegre. ‘¡O botillo!’ exagero. ‘Ja, ja,’ ríe Ana complaciente. Bajamos a la playa y nos sentamos en una mesita. Un camarero que parece africano viene a nosotros. ‘Hola, nos gustaría tomar algo del Bierzo,’ le digo.


domingo, 24 de junio de 2012

Primeros pasos


En la ludoteca
‘Entra y quítate los zapatos. Aquí siempre andamos en calcetines.’ Me siento sobre un taburete de niños y empiezo a desatar los cordones. ¿Cuando me había puesto calcetines limpios? La propietaria de la ludoteca me presenta a la chica que debe estar al punto de despedirse. ‘¡Qué bien que quieres trabajar aquí!’ ‘Vale, solamente estoy aquí para ver que tal,’ digo inmediatamente. Me siento sobre la alfombra suave que cubre todo el suelo. Ahora estoy seguro. Debía haberme puesto calcetines limpios. Los primeros niños entran. Tienen una edad entre los cinco y siete años. Son recibidos con besos y abrazos. La niñera vocea: ‘Story! I will tell you a story!’ Los niños se acercan a ella. La chica abre un libro con dibujos de colores. ‘Look, a flower! It is yellow! And that is the bee!’ Los niños se entusiasman. Un chiquito espontáneamente estalla en sollozas. Con mimos y besos está consolado. Hay un ambiente agradable. Si hubiera tenido un hijo, lo llevaría cada miércoles por la tarde a esta ludoteca. Una relajada introducción en la lengua inglesa. Pero también me doy cuenta que este trabajo no es nada para mí. ¿Ahora que he tomado la decisión, cual sería el momento adecuado para ponerme mis zapatos otra vez?

El nacimiento de un viajante
Ojalá mi vieja profesora de alemán, Frau Janssen Springman, me hubiera visto aquí. ‘Knöpchen, was machst du jetzt wieder?’ diría (¿Knoppito, qué estás haciendo otra vez?). El importador de piedras naturales alemán da golpecitos a la pizarra que justamente le hemos entregado. ‘Das sieht ja gut aus,’ dice. ‘Tiene buena pinta,’ tradusco. Los dos bercianos, padre e hijo, muevan afirmativos las cabezas. ‘Aber die Preise ….’ ‘Pero los precios ….,’ digo y pruebo ponerme una cara tan dudosa como el alemán. Una media hora más tarde estamos afuera. Las casas del pueblito son blancas y tienen los techos cubiertos con pizarra. Durante los tres días de este viaje de negocios aprendí reconocerlo. ‘Bueno, esto era la última conversación; ¿hasta dónde te podemos llevar?’, me pregunta el padre. ‘A Luxemburgo. Desde allí cogeré el tren a Ámsterdam y podéis ir rumbo España.´ Subimos al coche y vamos en la dirección donde debería estar la autopista. 

La primera clase
Esta es la alumna ideal. Acabé de preguntarla en mi mejor inglés: ‘So tell me, being a tourist in El Bierzo, what shouldn’t I miss?’ y ella llena sin ningún problema al menos diez minutos con una descripción minuciosa de Las Medulas, durante los cuales solamente tengo que corregirla de vez en cuando la pronunciación de una palabra, aunque esto siempre es difícil para un non native speaker. Esta estudiante de ingeniería civil sabe todo sobre la fuerza del agua que utilizaban los romanos para extraer el oro del monte. De pronto su relato se corta. Me pregunta: ¿Cómo se dice palanca en inglés?’ ‘¿Palanca?’ Ella mueve su bolígrafo sobre su dedo. Ahora entiendo. No tengo ningún idea. ‘Prueba algo con counter weight, contrapeso,’ la consejo. Un momento me mira dudando. Después continúa su relato, de vez en cuando interrumpido por mis correcciones y preguntas. Después de la clase en casa busco en un diccionario las palabras que había querido decirle durante la clase. Palanca es en inglés lever. Nunca oí esta palabra. Pues bien, nunca nadie es demasiado viejo para aprender.


lunes, 11 de junio de 2012

¡Fiesta!


Me pongo el pantalón negro holgado sobre mi vaquero. ¿Y estos zapatos? Van bien, ¿por qué no? Marrón, de cuero . No  de veras de aquellos tiempos, desde luego, pero tampoco desentonan. Encima mi camiseta me echo una chaqueta púrpura. Y ahora el toquel final: una cota de malla. Y un casco de guerrero . ¡Qué incomodo! Con este casco no puedo llevar mis gafas. Entonces, me las tengo que quitar. En aquella época la gente tampoco podía llevar gafas, ¿verdad? No solamente voy a parecer un soldado medieval, pero también voy a mirar como un medieval. Con mi cabeza inclinada hacia detrás por el tamaño, un poquitín demasiado grande, del casco entro el cuarto de estar. Suenan gritos entusiasmados  de mi pareja y de mi cuñada. Mi sobrina me mira un poco impresionada. Entonces, estoy listo para mi primera fiesta medieval.

¿Qué es lo que atrae tanto de la época medieval a los españoles? Hay un montón de fiestas, mercados, comidas y cenas medievales. Desde luego, los cascos históricos de los pueblos y ciudades españolas son muy apropiados para crear un ambiente medieval. Iglesias románicas, monasterios, portezuelas. El sonido de las voces y pasos siempre resuenan tranquilizadoramente en las calles estrechas. Para los hippies que rehabilitaban algunos pueblos abandonados en la montaña las fiestas medievales significan una oportunidad excelente para ganar dinero y reconocimiento social. A menudo ellos desempeñan el papel de acróbatas, trovadores, músicos, tragafuegos  y vendedores de joyas de piedras naturales.

Hasta ahora sabía evitar los festines medievales. Una vez teníamos el plan de participar en una cena medieval en el cercano monasterio de Santa María de Carracedo. Por eso nos dirigimos a una tienda de ropa. La pregunta de si tenían ropa medieval no causó ninguna sorpresa. Deberías probarlo en Ámsterdam. A mi querida pareja le parecía que yo tenía que ir como un monje. No, yo tampoco sé lo que quería decir con esto. Para mi alivio no tenían un hábito. Lo que si tenían era un traje de un trovador, pero el panty, que es parte imprescindible del traje, no nos convencía. Al final  decidimos, sobre todo por mi insistencia, ir a cenar en un restaurante agradable en el centro de Ponferrada.
Una vez, cuando estuvimos en el bonito pueblo de Espinoso de Compludo, el dueño del restaurante La Taberna nos dijo entusiasmado que cada primer domingo del mes organizaba cenas medievales con muchos espectáculos. ‘Puedes comer con tus manos,’ dijo con un resplandor travieso en sus ojos. Porque es una de las atracciones de las comidas medievales. La verdad es que ya a menudo utilizo mis manos cuando como. Decidimos comer en su restaurante un domingo normal en combinación con una caminata por el hermoso monte.
Durante la Noche de losTemplarios todo el casco histórico de Ponferrrada se transforma en una ciudad medieval. Todo el mundo lleva un traje templario con una capa y túnica blanca. Pero yo no. ¿Una capa blanca? ¡Nunca en mi vida!

Pero esta fiesta en la aldea de Carpio Bernardo va a ser mi iniciación. Tiene que ver con el hecho de que mi cuñada y cuñado son unos de los organizadores de la fiesta en honor de Bernardo delCarpio. Entonces, con mi hermosa dama andamos por la calle en dirección del terreno de la fiesta. Suena música de un salterio medieval. Hay una competición de arco. Y después de una bebida medieval, noto que estoy lentamente creciendo en mi papel del caballero miope. 



jueves, 24 de mayo de 2012

Corralito


‘¿Qué piensas tú, vamos a tener un corralito en España?’ me preguntó Ana después de que habíamos mirado las noticias preocupantes en la televisión. La miré extrañado. ¿Corralito? ¿Qué será? Lo de Argentina. En el año 2001 Argentina desvinculó el peso del dólar y bloqueó todas las cuentas para evitar un huido del capital. Entonces, estuvimos hablando de algo que hasta ahora parecía increíble: que España salga del euro. De estas cosas yo, como profesor de economía, tendría que tener algunas ideas muy claras.  

Pues bien, la ciencia económica. Una ciencia de conducta, suelo explicar a mis estudiantes. Claramente no una ciencia exacta. Porque al final, el comportamiento de la gente es impredecible. Sobre todo si el investigador forma parte de lo que está investigando. Por ejemplo, para un ser humano es posible investigar el comportamiento de los conejos de una manera bastante objetiva. Pero imagínate que un conejo investigue el comportamiento de los conejos. Si él mismo poseyera muchas zanahorias, el conejo llegaría a la conclusión que para la población de los conejos será el mejor que los débiles mueran y los fuertes tengan muchas zanahorias y se reproduzcan. Si el conejo no poseyera muchas zanahorias sería más verosímil que venga con una teoría de una distribución más equitativa de las zanahorias y de la reproducción. Normalmente mis estudiantes reaccionan de manera confusa cuando les explico esto. ‘¿Qué idiota tenemos ahora en frente de la clase?’ parecen pensar.

No, en la economía no hay verdades absolutas. Aunque se oye mucho. Por ejemplo que ‘el mercado’ siempre tuviese razón. Una bobada absoluta, como demuestra la crisis pendiente, en la cual los mercados financieros nos parecen llevar al borde del abismo. Ya pasó en el siglo 17 en Holanda durante la tulipanmanía, cuando especuladores pagaban capitales para unos tulipanes, hasta que esta burbuja se pinchó. Como ahora el mercado inmobiliario. Los mercados muestran que a veces todos corremos en la misma dirección, aunque sea claro que es la dirección equivocada. ‘Estamos en guerra con los mercados,’ es otra verdad que a veces oigo. Una afirmación extraña. Probablemente piensan en los jugadores grandes en los mercados financieros. La gente quiere echar la culpa a alguien. A los banqueros, por ejemplo. O a las agencias de calificación. Standard & Poor´s, Moody´s y Fitch seguramente pertenecen a los institutos más odiados de España. Parcialmente parece injusto. Matar al mensajero de las malas noticias. No hace falta ser un economista genial para concluir que un país con un paro de 24% y muchas deudas internas sea menos solvente, sobre todo cuando el tabú sobre salir la zona euro ha desaparecido. Pero las agencias de calificación no solamente dan calificaciones de solvencia (en las cuales en el pasado han hecho errores casi criminales), sino también dan consejos a la política. Y lo hacen desde una cierta teoría económica. La del conejo con muchas zanahorias. Debe haber recortes (hasta en la educación, hablando de pensar en corto plazo), despedidos, privatizaciones. Y cuando el gobierno de ahora lo hace y no obtiene el resultado querido, bien, otra vez bajan la calificación de España. Desde luego no juzgan de veras la gestión política; miran al resultado: el desempleo, los déficits, las deudas.

Esta noche, después de ver las noticias, conversamos sobre la economía. ¿España afuera del euro? ¿Es posible? ¿Volver a la peseta? ¿Y después algo mejorará? Las exportaciones serían más baratas, pero el poder adquisitivo empeoraría. ¿Y Holanda? ¿Euros o volver al florín? ¿Y qué significaría todo esto para nosotros? Un cierto miedo hacia el futuro tomó posesión de nuestras mentes y palabras.

jueves, 10 de mayo de 2012

Cómo reunirse eficazmente


‘¿Vamos?’ preguntó Ana. Con pocas ganas cerré mi libro sobre la mesa y puse mis zapatos. Siempre he odiado reuniones. Si fueran reuniones en las escuelas donde trabajé o las asambleas del club de fútbol, siempre probaba evitarlas. Y para mi esta reunión sería difícil de seguir. Con muchas detallas técnicas y financieras. La reunión de la comunidad de los vecinos. En Holanda nunca tuve que asistir a una. Siempre viví en casas de alquiler. Casas que pertenecían a cooperativas de viviendas sociales. Era muy práctico. La subida anual del alquiler era fijada por el gobierno. Si algo no funcionaba bien podía llamar al servicio técnico de la cooperativa. En España este sistema de viviendas sociales existe menos. La mayoría de la gente compra su casa. Esto causó problemas cuando estalló la crisis. Muchas familias no podían pagar su hipoteca y llegaban a tener una deuda grande mientras el valor de la casa disminuía. Una deuda de alquiler sube menos rápido. Puede ser que el amplio sector de viviendas alquiladas suavizara el efecto de la crisis de crédito en Holanda.

‘¿Dónde vamos a reunirnos?’ pregunté cuando estuvimos en el ascensor. ‘Abajo,’ respondió Ana. Pulsó el botón con el menos y después el botón con el uno. El ascensor se movía hacia abajo. ‘¿Por qué yo no voy a hacer compras mientras tú vas a la reunión? Puedo comprar cecina, ¿no te apetece?’ intenté. ‘Esto podemos hacer después de la reunión,’ era la respuesta corta. Salimos del ascensor y entramos en el garaje. Para mi asombro allí estaban ya los vecinos de pie en un círculo. ¿De veras íbamos a reunirnos en el garaje?

De veras íbamos a reunirnos en el garaje. No hacía calor. La mayoría de nosotros llevábamos un abrigo. Hablamos de mantenimiento, limpieza, reparaciones, las finanzas y otras cosas de las cuales se debe hablar si se tiene espacios en común. Pero el sitio no era muy bien elegido. De vez en cuando el círculo debía ser roto porque un coche entraba para aparcar, después de lo cual la persona salía del coche y tenía que pasar todo el grupo en la dirección del ascensor con una mirada un poco culpable, no sé si por la manera torpe de aparcar o por ser tan claro que estaba ausente en una reunión tan importante. Una reunión de pie en un sitio frio, con coches entrando y saliendo, y de vez en cuando con el ruido de agua pasando por las tuberías después de una visita de uno de los vecinos arriba al wáter tiene una gran ventaja: a nadie se le ocurre hacer preguntas innecesarias. ‘Vale, no era tan terrible, ¿verdad?’ me preguntó Ana cuando después de la reunión estábamos esperando nuestro turno en la sección de los embutidos del supermercado.

Quizás esta anécdota de la reunión nunca habría llegada a ser nombrada en este blog, si no hubiéramos estado unas semanas después con el coche en una calle en una ciudad, Salamanca creo que era, esperando un semáforo rojo y se abriera en el edificio al lado la puerta del garaje mostrando un círculo de personas hablando. ‘Mira, una reunión de una comunidad de los vecinos’ dijo Ana. Le miré sorprendido. ‘¿Quieres decir que estás reuniones siempre están organizadas en garajes?’ ‘No sé, creo que si.’ Todavía no estuve completamente convencido de que se tratara de algo ‘típico español’ hasta que, otra vez unas semanas después, estuve viendo las noticias en la televisión. Había un reportaje sobre los problemas que tienen comunidades de vecinos de cobrar las cuotas de la comunidad de los residentes en paro, lo que causaba retrasos en el mantenimiento de los edificios. Mientras la voz en off daba esta información triste la pantalla mostraba un grupo de personas hablando en un círculo en un garaje.
Ahora estaba casi seguro. Reunirse con la comunidad de vecinos en el garaje es un fenómeno típico en España. Y algo hasta que yo sé no existe en Holanda. Pero quizás los tulipanes deben imitarlo. ¿Quieres tener una reunión corta y eficaz? ¡Hazla en el garaje!


 El reportaje completo se puede ver AQUI (dese minuto 34.50)

domingo, 29 de abril de 2012

Arrogancia antes de la caída


Emigrar no es lo que solía ser. Gracias a internet puedo leer los periódicos holandeses, ver programas de la televisión aunque sea el día después, enviar emails, hacer videochat, en otras palabras, normalmente estoy bien informado sobre lo que pasa en Holanda, y todo esto sin tener una parabólica en la fachada de la casa. Pero el fin de semana pasado estuve offline. Estuvimos con toda la familia española en un pueblín cerca de Salamanca. El domingo por la mañana fuimos los dos, Ana y yo, a Alba de Tormes, la villa donde una vez el en Holanda tan notorio Duque de Alba residía. Allí compramos pan fresco y El País y, desde luego, tomamos un aperitivo en un bar. Allí estábamos tranquilamente sentados en una mesita con nuestro vinito y pincho ojeando cada uno un trozo del gordo periódico de domingo. Di un grito de alegría. Unos hombros volvieron la vista de la televisión donde estaba puesto una vuelta de la fórmula 1. ‘¿Qué pasa? ¿Mourinho se ha despedido?’ me preguntó Ana. ‘Mejor aun,’ respondí, ‘cayó el gobierno de Holanda.’ Entusiasmado le leí el capítulo del artículo. ¿Y estas son buenas noticias?´ preguntó.

‘Si, muchas veces el gobierno de Holanda me daba vergüenza. Un gobierno minoritario de liberales y cristianodemócratas dependiente del apoyo de los populistas. ¿Quién ha inventado esto? Muy bien que el descontento con la sociedad multicultural tiene su voz en el parlamento, pero dar tanto poder a un partido tan radical me parece un mal idea. A veces el partido populista parecía xenófobo. Estamos en guerra con los musulmanes, era el análisis de su líder Geert Wilders. Pero últimamente no hablaba tanto de los musulmanes sino más de la dictadura de Bruselas. ¿Acaso se acabó aquella guerra? ¿O se trababa de eslóganes vacíos? Lo que también me extraña es que los pensamientos de partidos xenófobos siempre están asociados con ‘El Pueblo’. Una de las palabras de las que más se ha abusado a lo largo de la historia. ¿Por qué la gente razonable nunca pertenece a este ‘Pueblo’? La mayoría de la población no quiere tener nada que ver con el odio extremista.

Pero también la arrogancia abierta que Holanda emitía en Europa me repugnaba cada vez más. Que se dijeran cosas como: ‘Al fin el gobierno greco despidió tantos miles de funcionarios.’ Sé que los gobiernos de Grecia cometieron errores, pero esto no puede ser una excusa para celebrar el despido de personas que tienen ninguna culpa. No me extraña que los otros europeos sientan cierta alegría por el mal ajeno cuando Holanda entraba en recesión. De pronto para Holanda con toda su riqueza era muy difícil recortar, lo que antes se había exigido de manera tan pedante a los países del sur de Europa.

Esperamos que Holanda vaya a tener un gobierno razonable, social, realista, pro-europeo, que no solamente quiere cortar sino también reformar e estimular. Porque lo que se desarrolló en Europa desde la guerra mundial es único. Nunca antes en la historia el bienestar general era tan elevado, y esto lo logramos sin perder libertades. Merece la pena probar mantener este sistema de capitalismo controlado, si fuera solo porque desde el bienestar se mantiene suficiente espacio para poder pensar al futuro, el medio ambiente, el agotamiento de los recursos naturales, lo que no se hace cuando no hay suficiente para comer. Este proyecto único europeo debe ser salvado. Desde la izquierda y de la derecha los radicales salen de sus rincones oscuros para ofrecer sus soluciones, las cuales en la historia siempre terminaban en dictadura y guerra.’

Hice una pausa un para tomar un sorbito de vino. ‘Tengo aquí el trozo del periódico con los deportes; ¿quieres intercambiar?’ me preguntó Ana. Ansioso dije que sí y empecé a leer el artículo sobre el partido de Barcelona contra Real Madrid, mientras al fondo sonaba el sonido de los coches de la formula 1 desde la televisión.

Holandés arrogante enfrente del castillo del Duque de Alba

viernes, 20 de abril de 2012

La Política


En los años ochenta estudié ciencias políticas en la Universidad de Ámsterdam. Todavía considero a algunos compañeros de entonces como mis mejores amigos. Ninguno de ellos se ha convertido en un político, aunque no faltan partidos políticos en Holanda. En Holanda no conozco personalmente a alcaldes, concejales o parlamentarios. Utilizamos lo que aprendimos en la universidad sobre todo para largas discusiones sin sentido en las cantinas de fútbol, bares y restaurantes y pretendíamos ser demasiado libre de mente para conformarnos con ninguno partido o ideología. Dejamos la política activa a los de veras idealistas de y a los políticos de carrera y constatamos que muchos de los primeros terminaban siendo políticos de carrera.

En España conozco personalmente a muchas personas activas en la política. Por ejemplo, conozco a dos alcaldes. Tiene que ver con la pequeña escala del sistema administrativa en España. Todos los pueblos tienen su alcalde y concejales, que hacen sus tareas para su pueblo al lado de su trabajo normal. Los hay de todas clases. Hay desde los notorios caciques que no quieren cambiar nada hasta los entusiasmados que de veras hacen todo lo posible para el interés de su pueblo. Un ejemplo de esta última categoría veíamos durante la bien organizada fiesta de San Juan en el pueblo Balboa. El alcalde excéntrico subió en media noche la escena en un buen estado festivo para hacer un discurso extraño, lo que finalizó repitiendo rítmicamente: ‘Animal, mineral, vegetal; animal, mineral, vegetal’.

Pero también en una ciudad como Ponferrada hay mucha gente activa en la política. Hay los que estaban en una lista de un partido porque se lo pidió un amigo para llegar al número mínimo de candidatos. Seguramente también debe haber personas que por ideales están activas en un partido. Pero en la mayoría de los casos tengo la impresión que el motivo principal para ser miembro es el puro interés propio. Para empresarios pequeños puede ayudar mucho si tienen amigos o familiares en un partido. Puestos de trabajo en empresas (casi) estatales como los museos, los Paradores, La Telefónica y las cajas de ahorros son más fácilmente obtenibles para los amigos de los políticos. Hasta hay una palabra especial para este fenómeno: el enchufe. Y para los empleados de la administración su puesto está más seguro si son miembros de un partido o un sindicato, lo que sobre todo se nota hoy día con todos los recortes que tienen lugar. Lo extraño es que la animosidad normal entre los dos partidos parece desaparecer en estos casos; se sabe que la próxima vez el otro partido puede reinar, entonces, mejor quedar amigos. A veces España parece un poco a un país comunista; ser miembro del partido es fundamental para la carrera. Por suerte hay varios partidos, no estamos viviendo en una dictadura. Pero lo que si pasa cuando estamos hablando en un bar sobre el clientelismo, los enchufes y la corrupción, es que el volumen de las voces baja y a veces se mira alrededor para ver si no alguien está escuchando. Es sorprendente.

Casi no hay españoles que están de acuerdo con la cultura de enchufes y clientelismo. En las encuestas donde se debe indicar lo que es la mayor preocupación ‘la clase política’ sale como número tres, solamente vencido por ‘desempleo’ y ‘problemas económicos’. Es muy difícil cambiar una cultura. A veces es una cuestión de participar o ser vencido. ¿No tenemos que actuar? ¿Probar de cambiar los partidos por dentro? Ay, no me apetece nada. La verdad es que prefiero dar mis opiniones desde la barrera sin conformarme con ningún programa o ideología. ¿Quizás el lector está más idealista?


martes, 10 de abril de 2012

Alcohol


Quizás la expresión holandesa más incorrecta es: Nunca nadie murió de trabajar demasiado duro. En Ámsterdam solíamos alardear la conversación con variantes cínicas como. ¿Cigarrillo? Gracias, de fumar demasiado nunca nadie murió. ¿Comemos hoy en el snackbar? ¿Por qué no? Nunca nadie murió de comer demasiada grasa. Y el variante que utilizamos más frecuentemente era: ¿Tomamos una última? Desde luego, de demasiado alcohol nunca nadie murió.

Es verdad, en Ámsterdam bebía bastante alcohol. Porque tenía tantos malos amigos, desde luego. En el equipo de fútbol, por ejemplo. Cuando otra vez perdimos el partido contra WVHEDW 13 o Wartburgia 8,  solíamos compensar la derrota de manera adecuada con cervezas en la cantina. Cuando mis compañeros del equipo iban a sus casas donde les esperaban sus mujeres y niños, siempre había en la cantina malos amigos de los otros equipos con quienes compartir la tristeza futbolera. Pero bien, todo lo bonito también tiene su fin, y llegaba la hora que tenía que subir en mi bicicleta para ir a casa, esperando que en la ruta pudiera encontrar otro malo amigo para tomar la última-última cerveza.

En España mi comportamiento como bebedor ha cambiado. Desde luego tiene que ver con convivir en pareja. El alcohol es el lubrificante social de un soltero. Pero también tiene que ver con la otra cultura de alcohol que existe en España a la cual tenía que acostumbrarme. Cuando en Ponferrada tomamos algo con un grupo, la gente toma solamente una bebida que se bebe fastidiosamente lento, mientras después de unos minutos ya estoy jugando intranquilamente con mi vaso vacío. A veces se decide tomar otra bebida por la cual siempre tenemos que ir a otro bar. Esto genera una larga discusión sobre cual bar tiene los mejores pinchos. Después cada uno coge so cartera y surge otra larga discusión sobre quién tiene esta vez el derecho de pagar la cuenta. Y cuando al fin nos vamos, de veras hay gente que es capaz de dejar un vaso medio lleno de cerveza o vino en la mesa. El colmo de abuso de alcohol.

En Holanda, en todo caso en los círculos en que yo me movía, el comportamiento es diferente. Nos sentamos alrededor de una mesa de la cual en las próximas horas nadie nos puede echar. Después uno por uno pedimos una ronda. Cuando el tamaño del grupo no es demasiado grande, puede pasar que alguien pide por la secunda vez una ronda y empieza el ciclo de nuevo.

Otra diferencia es que en España se empieza más pronto en el día con beber. Ya a la una se puede tomar un aperitivo. Después sigue la comida con vino. Dura hasta más o menas las ocho de la tarde cuando los bares se llenan otra vez para las bebidas con los pinchos. Durante la noche, vale, hay mucho ambiente en los discos y bares, como en Holanda, pero yo, como cincuentón letárgico, desde luego no participo en la vida nocturna.

Los holandeses empezamos más tarde en el día, pero normalmente logramos recuperar el retraso sin esfuerzo. Hay borreltijd,  la hora de los aperitivos, entre las cinco y las siete. Después sigue la cena amplia, muchas veces con vino. Antes de dormir otra vez aparecen las botellas en la mesa para una copita de dormir.

Creo que la mala fama que tienen los holandeses en España con alcohol tiene su origen en la costumbre de mezclar las dos culturas durante las vacaciones. Por respeto a la cultura ibérica tomamos un aperitivo a la una, después comemos una paella que dejamos nadar en mucho vino blanco mientras voceamos elogios a la cocina mediterránea. Después sigue un café con coñac, desde luego. Y a las cinco gritamos: ‘¡Borreltijd!’ Porque en España está prohibido cenar antes de las nueve, borreltijd dura justamente un poquitín demasiado tiempo para poder llegar a hora de cenar decentemente.

Al fin y al cabo he aprendido no mezclar las dos culturas. En España respeto los horarios españoles y en Holanda lo hago con los horarios holandeses. ¡Pero mira! ¡Ya es la una! La hora de un aperitivo. ¡Que no! Estoy esta semana en Holanda. ¡Camarero, un vaso de leche, por favor! 

jueves, 15 de marzo de 2012

Criminalidad


Un día entramos una mercería en La Calle Ancha de Ponferrada. La dependiente estaba claramente desconcertada. ‘Qué susto, qué susto’, murmuraba. Preocupados preguntamos qué le había pasado. ‘Había un asalto violento a una tienda’ dijo. Asustados la miramos. ‘¿Dónde? ¿Aquí?’ la preguntamos asombrados. Movía la cabeza que no. ‘Estaba en Tarragona’, nos explicó. Por un momento pensé que no la había entendido bien. ‘¿En Tarragona, Catalunya?’, pregunté. Movía la cabeza afirmativa. ‘Si, acabé de oírlo en la radio. ¡Pero qué susto!’ Para mayor claridad: Tarragona es una ciudad a unos mil kilómetros de distancia de Ponferrada. No exactamente a la vuelta de la esquina. Esto era claramente un ejemplo de como las omnipresentes noticias sobre violencia en el mundo pueden provocar un sentimiento de miedo afuera de lugar, era nuestra conclusión cuando un momento más tarde tomamos una cervecita por el susto en una terraza en el sol.

Ponferrada no tiene fama por ser una ciudad criminal. En Holanda Ámsterdam si tiene esta fama. En este sentido mejoró mi seguridad personal. Aunque la verdad es que en Ámsterdam nunca me pasó nada grave. Nunca entraban con fuerza en mi casa. Nunca me asaltaron. La sola cosa que puedo nombrar es que me robaron bicicletas. Sobre todo en mi juventud. El momento que decidí invertir dinero en unas cerraduras robustas nunca más me robaron mi bicicleta. Además, la cantidad de los yonquis con su choriceo disminuyó bastante en los últimos años. Ser yonqui no está de moda. En el metro de Barcelona una vez me robaban mi cartera. Y el metro de Madrid es de veras una vergüenza. Conozco a mucha gente que robaron o han intentado robarles. A mi mismo incluido. Me abrieron mi mochila, sin encontrar algo de valor. No la misma suerte tenía mi cuñada. Le robaron la cartera. También probaron una vez robar la cartera de mi querida pareja, lo que yo de una manera heroica evité con gritar ‘¡Oye!’ cuando lo vi. Después, el ladrón ni siquiera se marchó. Se ponía pontificalmente en el andén en busca de otras víctimas. Es sobre todo a los turistas a quienes consideran como una pieza de caza ofrecida. En Holanda también. El tren entre el aeropuerto Schiphol y Ámsterdam tiene mala fama.

¿Y qué tal los delitos de sangre en los dos países? Ámsterdam tiene fama de ser la ciudad de los ajustes de cuentas de la criminalidad organizada. Tristemente, temo que esto es algo de todas las grandes ciudades. Cuando veo en España las noticias, sorprende que hay un tipo de criminalidad que está mencionado muchísimo: la violencia de género (o violencia doméstica, en este discusión no me meto). En Holanda se habla menos sobre este asunto. ¿Será porque existe menos en Holanda? ¿O es porque en Holanda no quieren poner tanto énfasis sobre el tema por miedo de emulación? Se lo pregunté una vez a una amiga holandesa que trabaja en una casa de mujeres maltratadas si en Holanda la violencia familiar también tenía tantas víctimas mortales. ‘Casi nunca’, respondió bastante segura. Vale, una respuesta así también me darían en Ponferrada. Y quizás también en Madrid o Barcelona. Las noticias de la televisión no dan una visión completa. Muestran la excepción y no la tranquila vida cotidiana.

Mientras tanto me siento en mis dos ciudades queridas bastante seguro. Mi vieja bicicleta en Ámsterdam lleva dos cerraduras fuertes. Para mi MTB en Ponferrada compré una pequeñina cerradura simbólica. Y cuando viajo en el metro de Madrid siempre llevo visible El País en un bolsillo de mi abrigo. Esto desaminará los delincuentes. Aquí no va un turista. Aquí va un español, si, con los ojos azules, ¿y qué?

viernes, 2 de marzo de 2012

Fregar los platos


Cada día tener que fregar los platos no es un placer. No tenemos un lavaplatos. No hay suficiente sitio. Y además tengo la impresión que para dos personas un lavaplatos no es eficaz. Se necesita tener muchos platos y cubiertos para poder  llenar la máquina. Entonces, lavo los platos a mano. Como solía hacer en Holanda. Pero también de manera diferente.

En Holanda solía fregar en agua jabonosa. Primero quitaba la peor suciedad con agua, después ponía un poquetín de detergente en el fregadero y llenaba el fregadero con agua caliente con burbujas. Y después al trabajo con un cepillo de fregar. ‘¡Qué asco!’, era la reacción de los visitantes de España. ‘¿Pones los platos a escurrir  sin aclararlos? ¡Esto no es higiénico!’

Es que en España se lava los platos de otra manera. Nada de cepillo de fregar. Siempre utilizan una esponja. Primero se quita la peor suciedad, como en Holanda. Después se enjabona los platos con la esponja y limpian bajo el choro de grifo uno por uno los platos con agua caliente. La verdad es que me he acostumbrado tanto a esta manera de fregar, que cuando estoy en Holanda friego los platos a lo español.

Pero hay un aspecto acerca de fregar, o más bien de trabajar en la cocina española en general, al cual no logro acostumbrarme. Es más. Si una vez decidiera decepcionado dar la espalda a España para nunca más volver será por esta razón: las encimeras de España no tienen un borde elevado. No tienen un umbral. Es peor aún. Lo que si tiene un borde elevado es el fregadero. ¡Exactamente donde debe ir el agua! Como se puede imaginar esto hace la integración de un guiri en la sociedad española bastante difícil.

Al principio pensé que esta diferencia tenía que ver con la larga tradición de la ingeniería hidráulica de la cual los holandeses siempre nos mostramos tan orgullosos. Los pólderes del siglo 16, los grandes diques que defienden Holanda contra el mar. Entonces, lógico que en Holanda tenemos cocinas donde el agua va donde tiene que ir lo que es en la dirección del fregadero. Pero la verdad es que he visto aquí obras hidráulicas de las cuales los holandeses podemos aprender algo. Presas imponentes que  mantienen la presión de largos pantanos.

Cuando en Holanda todavía estábamos viviendo en las marismas, aquí en El Bierzo los romanos construyeron una obra hidráulica impresionante. Cientos de kilómetros de pequeños canales llevaban agua desde la montaña alta a un monte lleno de oro para arrastrar la tierra y filtrar el oro. Ahora los restos de tierra roja de este monte forman el monumento más espectacular de todo El Bierzo, aunque la verdad es que no lo puedo mirar sin que mi placer está estropeado por el pensamiento: ¿Si esto ya era posible en el año cero, por qué ahora no construyen encimeras con el borde elevado?

Será difícil, pero tengo que aprender vivir con todo esto. Estás lavando la ensalada. Pones el colador sobre la encimera. Toda el agua corre directamente al suelo. O estás fregando una cazuela grande. Demasiado grande para el escurreplatos. Entonces pones la cazuela boca abajo en la encimera. Desde luego.  Otro charco de agua en el suelo. Antes de fregar los platos siempre construyo un pequeño dique de trapos de cocina entre el fregadero y el borde de la encimera. Y siento un orgullo patriótico por esta construcción en la rica tradición hidráulica holandesa.

Véase también La película.

martes, 14 de febrero de 2012

De vuelta a Baiona


Llueve. Es normal. Estamos en Galicia. A pesar de las gotas salimos del coche. Por suerte no hace frío. Pero sí hay un viento fuerte. Desde luego. Estamos en la costa Atlántica. Y es invierno. Andamos hacia la puerta de la entrada. Para nuestra sorpresa el camping está abierto. ‘¿Podemos entrar?’ preguntamos al hombre que está en la casita de la recepción. El también muestra sorpresa. ¿Qué queréis hacer?’ ‘Nada, solamente mirar.’ Indiferente mueva la cabeza afirmativamente y continua leyendo su periódico.

Reconocemos la cantina del camping. No ha cambiado nada. La piscina sí ha cambiado. Han puesto un tobogán con colores llamativos. ‘¿Recuerdas donde estaba vuestra tienda?’ pregunto. ‘No lo recuerdo exactamente; estuve aquí varias veces, también después de nuestro encuentro. ¿Y dónde estaba vuestra tienda?’ ‘Recuerdo que estuvimos en un campo sin árboles. Debe haber sido allí, a la entrada del camping.’ Lentamente seguimos caminando. La verdad es que el camping es casi ideal. A tres lados hay agua. A la izquierda la playa. A la derecha el estuario de la ría. Al frente un cabo. Volvemos en la dirección del coche. Ahora tenemos el viento de cara, que hace la llovizna más desagradable. ‘Vamos allí para ver la playa,’ propongo. Andamos entre dos bungalós y vemos la playa que en una larga curva se extiende hacia el puerto de Baiona.  Allí, en algún sitio, debe haber sido. La fogata. Hace tanto tiempo. El verano de 1983.  

Todavía tan joven. Tan ingenuo. Estuvimos de vacaciones con Interrail, mi amigo Wybe y yo. Un mes podíamos viajar ilimitadamente con tren por Europa. Habíamos estado en Barcelona. Después fuimos a la fiesta de San Fermín en Pamplona. Y al fin llegamos a la costa occidental de Galicia. Un camping agradable. Descansar en la playa. Pero después de unos días la intranquilidad ya tomó posesión de nuestros cuerpos tan jóvenes. Si tienes derecho de viajar ilimitadamente, tienes que hacerlo. En la estación de Vigo compramos dos reservas para un tren a algún lugar lejano. Como despedido cenamos pulpo en Baiona y nos acostamos pronto en nuestros sacos de dormir. El tren saldría pronto por la mañana. A las doce de la noche unas voces nos despertaron. Eran las chicas de Asturias de la tienda roja en frente de la nuestra. ‘¡Hay una fiesta en la playa! ¿Queréis venir? ¡Y llevad vuestra guitara!’ Nos vestimos rápidamente. En la playa el fuego de la fogata pintaba la arena roja. Nos sentamos y empecé  una conversación con una chica del Bierzo. ¿El Bierzo? Más tarde esta noche saqué las dos billetes del tren de mi cartera y dije: ‘Wybe, voy a tirar ahora los tickets en el fuego, ¿vale?’ Wybe interrumpió un momento tocar la guitara para responder: ‘Me parece muy buena idea.’ Era un gesto de la muñeca casi indiferente con lo cual hacía que los billetes revoloteaban de mala gana hacia el fuego. Un acto muy sencillo que, casi 25 años más tarde, daría un giro inesperado a mi vida. Desde luego también había otros momentos decisivos. La decisión de llevar la pesada guitara por toda Europa, por ejemplo. Sin guitara nunca habríamos sido invitados a la fiesta en la playa. Y la decisión de venir a España. La decisión de ir a acampar aquí en este camping, en esta costa tan desconocida. La decisión de  …..

Ana me sacude el brazo. ‘¿Qué? ¿Sigas mirando la playa para siempre? ¡Vamos! ¡Comemos mariscos en Baiona!’ Abrazados salimos del camping.


Originalmente escrito en holandés en diciembre 2009, ahora traducido para celebrar San Valentín de 2012


jueves, 9 de febrero de 2012

Parecidos y prejuicios


En 1992 trabajé un verano en el camping Can Banal en los pirineos de Catalunya. Era (y todavía es) un camping en el que tanto la plantilla como la clientela eran completamente holandesas. En julio y agosto venían las familias holandesas para disfrutar las vacaciones de verano en este camping tan hermoso, verde y espacioso. Durante los otros meses apenas había gente; para frustración de los dueños los españoles (catalanes en este caso) preferían ir a los campings rebosantes de sus compatriotas en la región. En el último fin de semana de agosto venía un grupo de españoles a acampar. Ponían sus tiendas y después se sentaban en la terraza para pedir bebidas y algunas bolsas de patatas fritas y pipas. Consumieron todo hablando con voces muy altas y después se fueron a dar un paseo. Dejaban la terraza cambiada. Las bolsas vacías estaban en el suelo, por todos lados había las cascaras de las pipas, las mesas estaban sucias de coca cola y los restos de las patatas fritas. Nosotros de la plantilla estaban mirando el desastre un rato con asombro y después nos poníamos a limpiar todo. ‘¡Espere un momento!’, nos rogó un turista holandés. Corrió a su tienda y volvió armado de una camera. ´Un recuerdo para casa’, nos explicó mientras hacía fotos de la terraza tan maltratada.

¿Por qué vengo ahora con esta anécdota? Este domingo leí una columna de Rosa Montero en El País Semanal en que escribió: ‘Somos el país que más piratea del mundo occidental, un récord penoso que creo que tiene su origen, al menos, en la falta de cultura social y colectiva de nuestro país, en la nula valoración de lo común, en nuestra dificultad para respetar al prójimo y nuestro individualismo exacerbado.’ Si todo esto fuera verdad, debería llamar la atención a un guiri viviendo en España. Desde luego hay diferencias. Pero también hay muchos prejuicios. La verdad es que las diferencias en España misma entre las diferentes capas de la sociedad son más grandes que las diferencias entre españoles y holandeses de la misma capa social. Se trataba en el camping de un grupo de jóvenes, y no me gustaría asumir la responsabilidad de los joven holandeses en las costas españolas. Pero en este blog lo veo como mi tarea de describir las cosas que me sorprenden en El Bierzo y esto son sobre todo las diferencias, aunque de vez en cuando exagero un poco (esto del turista con la camera, vale, lo admito, lo inventé para añadir un efecto dramático, pero esto entre paréntesis).

Para ver algunas diferencias entre la cultural social y colectiva en Holanda y España vamos al espacio público por excelencia: un bar. En España es normal tirar cosas al suelo en los cafés, aunque ya está desapareciendo esta costumbre. Estoy en favor de que los suelos de los bares españoles tradicionales sean reconocidos como patrimonio mundial por el UNESCO. Veo una diferencia en la tolerancia a los móviles. Utilizar el móvil en compañía parece ser totalmente aceptado. Hasta en las mesas de un restaurante se puede ver personas hablando en voz alta con el pariente o amigo que por mala suerte justamente tenía que llamar cuando servían la comida. Creo que en Holanda es más costumbre de ir afuera para contestar una llamada. Vale, en Holanda también se habla mucho con móvil, en el transporte público por ejemplo. Por esto hay en los trenes algunos Stiltecoupés (vagones de silencio) para gente que quiere leer, estudiar o dormir durante el viaje. Seguramente que en un futuro lejano el Vagón de Silencio va a ser parte del patrimonio mundial del UNESCO. Una gran diferencia veo con la aceptación de la ley antitabaco. En España está respetada completamente. En Holanda cada vez hay más bares dónde se fuma, sobre todo por la noche. Entonces, en este caso se ve en Holanda más falta de cultura social, digo yo. Además veo sobre todo semejanzas. La gente bebe algo, lee el periódico, habla, ríe y quiere ser feliz. ¡Que aburrido! La próxima vez voy a buscar más diferencias y exagerarlas un poquetín, ¿vale?

Ahora a pagar. Me levanto de mi mesa con el vaso vacío en mi mano que pongo en la barra, como suelo hacer en Holanda. La camarera me mira como si quiera robarla el puesto de trabajo.

lunes, 30 de enero de 2012

El barco de mi abuelo


Al fin los hemos colgado en la pared. Las pinturas y los dibujos de mi abuelo. Cinco pequeñas obras enmarcadas. Y todas están relacionadas con agua. Todas muestran al menos un barco. Pues, mi abuelo era capitán de un barco.

Nunca conocía a mi abuelo conscientemente. Murió cuando yo era bebe. Desde luego conozco los relatos. Mis abuelos tenían un barco de velas. Un tjalk, se llama este tipo de barco. Sobre todo cruzaba el mar interior que había en el centro de Holanda, el Mar del Sur (Zuiderzee). Debía haber sido un cambio con gran impacto cuando cerraron en 1933 este mar con un dique, cambiando el mar en lago y el nombre en IJsselmeer. La carga principal era la turba. Toda la familia vivía en el barco: mis abuelos, mis tías Hennie y Greta, mi madre y mi tío Jaap. Debe haber  sido una vida dura. Los niños iban a las escuelas  donde estaba el barco, cada vez en otro grupo. Mi madre me contó sobre el miedo que pasaba cuando había un viento fuerte y mi abuelo estaba en un dique mirando las olas para ver si el mar era navegable para un barco lleno de mercancía. Ella solía insistir: ‘Hay demasiado viento, ¿verdad? ¡Las olas son demasiado grandes!’ Pero siempre venía el momento que mi abuelo tomaba la decisión necesaria y el barco cruzaba tambaleándose en el mar.

En los años treinta mi abuelo vendió el tjalk y compró un barco de motor. Una inversión atrevida en el momento más importuno.  La crisis estrelló con toda fuerza. Mi abuelo fue a la bancarrota. La familia tenía que venir a Amsterdam para vivir en un piso de una habitación. Las chicas buscaban trabajo como sirvientas en casas de familias con más suerte, mientras mi tío, que era más joven, seguía yendo a la escuela.  Cada día mi abuelo tenía que hacer cola para cobrar el paro. Después llegaron los cinco años tristes de la ocupación por los nazis. Mi abuelo nunca más encontró trabajo.

Cuando me mudaba a mi vivienda en el barrio De Jordaan en Amsterdam, mi tío consideraba que había llegado el momento de darme algunos de los dibujos y pinturas de mi abuelo. Me mostró una colección amplia. Parte eran copias de pinturas de barcos de viejos maestros del siglo 17. Creo que mi abuelo las copiaba de fotos, aunque es posible que de vez en cuando fuera al Rijksmuseum con un bloc de dibujo. Otra parte de su obra mostraba una Holanda pintoresca vista con los ojos de un capitán de un barco. Estos eran mis favoritos. Pudo elegir cinco obras. Y ahora están en nuestra sala en Ponferrada. En momentos de nostalgia los admiro. El dibujo soñador de una lancha en una orilla llena de caña y la red para pescar anguilas secando en el viento. El dibujo de uno de los grandes ríos en el sur de Holanda. El dibujo de un ‘botter’, un barco de los pescadores, quizás hecho en Volendam o Spakenburg. Un dibujo a carboncillo de los pescadores saliendo del puerto en la penumbra. Y lo más bonito en mi opinión: la pintura casi naif de su propio barco de velas. El barco es pequeño, el canal es recto y el cielo es inmenso.







sábado, 24 de diciembre de 2011

Mi vieja bicicleta

 Hoy pasó algo extraordinario. Ponía mi vieja bicicleta en frente del supermercado Albert Heijn en Osdorp (un barrio en el oeste de Ámsterdam). Después hacía compras. Vinos para la cena de Navidad con mi familia en Holanda. Y cosas para llevar a España: boerenkool (un col de invierno  que no hay en España), rookworst (salchicha ahumada), stroopwafels (galletas grandes muy ricas). Si, les voy a dar un banquete allí. Con mi bolsa de compras llena salí hacia afuera, colgué la bolsa en el manillar de mi bici y busqué mi llave en mis bolsillos. No la tenía. De pronto estaba seguro de haber olvidado mi llave en la cerradura. Y alguien me lo cerró. Algún pillo, seguramente. Después pasó lo extraordinario. No me enfadé. Ni siquiera estaba decepcionado. Tomé la bolsa de compras y andaba tranquilamente por la orilla del lago a la casa de mi tío. Esta notable resignación a pesar de tanta mala suerte tenía una razón: mi bicicleta es del pasado. Casi inutilizable. Desgastada. Corroída. Hacia ruidos preocupantes. Solamente la utilizaba para hacer unas compras por poder colgar una bolsa en el manillar.

Andando por la orilla del lago ya empezaba a echar de menos a mi vieja bici, aunque sólo fuera por el peso de la bolsa en mi mano. Recuerdos surgían. ¿Cuando la compré? Ni idea. Hace mucho. En esta tienda en la Calle de Haarlem. Una bicicleta nueva. Por primera vez en mi vida. Antes siempre las tenía de secunda mano o las que me construía de los restos de las viejas bicicletas que encontraba en la calle. Por estar siempre afuera mis bicis sufrían por la lluvia y a veces por un robo. A pesar de esto lo probé con esta nueva. Con tres cerraduras: dos grandes cadenas y un pequeño integrado en la bici.

Era la mejor bicicleta hasta aquel momento. Hacía largos recorridos, solamente por placer. En la primavera a las praderas al norte de Ámsterdam para ver las avefrías y las agujas collinegras, en el verano a las dunas y el mar y en septiembre a los brezales en el este cuando se visten de flores moradas. Los sábados mi bici me llevaba a los terrenos de futbol en los alrededores de Ámsterdam. También me llevaba al trabajo con excepción de los lunes cuando trabajaba en Rotterdam a unos cien kilómetros. Demasiado lejos para mi bici. Un lunes oía por la mañana en la radio que habría un viento fuerte viniendo del sur. Tan feliz como un niño llevaba mi bici en el tren, daba mis clases rápidamente y volví viento en popa, a toda vela. Maravilloso.

Por el uso intensivo noté lentamente el deterioro. La bici perdió velocidad y se volvía más y más en una vieja bicicleta de la ciudad como tantas hay. Cuando  se rompió la llave de una de las cerraduras, no hacía falta comprar una nueva: dos cerraduras eran suficientes. Disminuyeron las distancias que cubría. Una reparación urgente a la rueda de la cadena hacía mi bici definitivamente más lenta. El día de la mudanza a Ponferrada mi bici llevó las últimas piezas del hogar en dos bolsas al manillar y una maleta detrás al trastero de mi tío en Osdorp.

Así, lleno de recuerdos, llegué en la casa de mi tío ya seguro que no podía dejar mi vieja compañera allí tan sola y triste en frente del supermercado. Volví y la llevé a un taller de bicicletas. Allí aserraron la cerradura. La bici ahora está otra vez en el trastero, esperando fielmente hasta su dueño la vuelve a visitar.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Elegir


El 20 de noviembre, cuando había las elecciones en España, estaba en Holanda para trabajar. Como remigrante temporal, se puede decir. No perdí mucho, creo. Como extranjero no tengo derecho de votar en España. Además, no tenía ni idea a qué partido votar. Ya era seguro que el PSOE iba a perder. La sola cuestión era si el PP obtendría la mayoría absoluta. Pues, lo logró. Para un guiri es difícil de entender porque tantos votantes son tan masoquistas de votar completamente voluntariamente a un partido que está mezclado en tantos casos de corrupción como el PP. Será que los españoles se han vuelto cínicos: no importa a quien votamos, la corrupción siempre te sale gratis. Aunque, ¿gratis? En mi opinión el conglomerado de políticos corruptos,  oscuros empresarios y las cajas de ahorros en manos de los mismos políticos es una de las causas de la implosión de la economía de España

Estaba todavía en España cuando hubo el debate entre Rajoy y Rubalcaba en la televisión. Hablaban de muchas cosas: la política dudosa del PSOE antes y durante la crisis, la falta del programa del PP, pero las palabras corrupción y enchufismo no las utilizaron ni una sola vez. Tenían sus razones. Porque si hubieran acusados el uno al otro a todos los casos de corrupción en que los partidos están mezclados, el público podría pensar: estos dos tíos tienen razón, no voy a dar mi voto a ellos. Pero en España no cada voto tiene el mismo peso. Hay un sistema de distritos de lo cual se benefician, además de los partidos regionales como el PNV, CiU y el Amaiur, los dos grandes partidos nacionales. Por esto, mucha gente vota, aunque sin muchas ganas, al mal menor entre los dos.

Así es como que la hegemonía de los dos se mantiene. Y siguen distribuyendo los puestos de trabajo a los amigos del partido. En España hasta los jueces están vinculados a uno de los dos partidos grandes. Hace poco estábamos comiendo en un parador en la sierra de Gredos, cuando me contaban que los paradores son una empresa del estado y que el directivo de los paradores es un amigo de Zapatero. Casi perdí el apetito oyendo esto.

¿Pero funciona en Holanda la democracia mejor? Hay muchos partidos en el parlamento con muy diferentes ideas: izquierda, derecha, conservadora, progresista, abierto al mundo, proteccionista. Este menú amplio es una ventaja. Llegar a una coalición puede durar mucho tiempo en Holanda. Se necesita al menos tres partidos. Una desventaja, quizás. Hay partidos un poco extraño. El partido de los animales, por ejemplo. O el populista Partido de la Libertad, que entre otras cosas, quiere introducir un impuesto especial a los velos de las mujeres musulmanas y prohibir a estas mujeres de viajar con transporte público con velo. No es nada más que fastidiar a un cierto grupo minoritario, me parece a mí. Y en este momento el Partido de la Libertad es uno de los grandes partidos en Holanda. El gobierno minoritario de este momento depende de su apoyo. Es absolutamente una vergüenza. Casi razón suficiente para cambiar de nacionalidad.

Entonces, tengo una propuesta. Si uno de los grandes partidos en España viene con un programa reformista de veras: una reforma del sistema de votar para que cada voto valga el mismo, una separación completa de justicia de la política y una tolerancia cero a corrupción, clientelismo y enchufismo, yo prometo pedir la nacionalidad española para poder votar este partido. ¿Qué? ¿Hacemos un trato?

lunes, 21 de noviembre de 2011

Carbón


Es un día otoñal en Ponferrada. Ando al lado del río Sil hacia el Museo Nacional de la Energía. Los últimos meses he visto como este edificio descuidado con todas las ventanas rotas se transformaba en un museo moderno.  La organización que gestiona el museo, la CIUDEN  (La Ciudad de la Energía), también desarrolla e investiga maneras de generar energía de una manera sostenible, de las cuales la captura y almacenamiento de co2 es la más importante. Este proyecto costoso del Gobierno Zapatero no era sin controversias. Por ejemplo, todos los puestos importantes fueron dados a miembros del PSOE. El enchufismo es una enfermedad en España. 

Hoy se organiza un filandón en el museo. El filandón es una tradición vieja de los pueblos de León. Después de la cena la gente se reunía alrededor de un fuego para contar relatos. Hoy se hablará sobre la minería de carbón. Es un asunto que me interesa mucho, porque confluyen muchos temas que suelo explicar a mis estudiantes en mis clases de economía: empleo, crecimiento económico, desarrollo local, globalización, el medio ambiente, el cambio del clima, las consecuencias de subsidios a empresas.

Probablemente soy el único en todo el Bierzo que está en contra de los subsidios a las empresas productoras del carbón. Seguramente, con subsidios se puede mantener el sector del carbón vivo. Pero con subsidios se puede mantener vivo hasta una empresa que lleva agua al mar.* Las empresas del carbón en El Bierzo son adictas a los subsidios, por lo cual no hacen el esfuerzo de competir con innovación e inversiones. Hace dos años, cuando Europa querría poner freno a los subsidios, las empresas reaccionaron con dejar de pagar los sueldos de los mineros.  Seguidamente hubo  manifestaciones. Los mineros bloqueaban las autopistas y los trenes. ´Los empresarios utilizan los obreros como fuerzas de choque para asegurar sus beneficios,´ era entonces mi conclusión amarga cuando estaba en un autobús que iba con retraso.

Cuando entro en la sala del museo, veo que han puesto sillas en un círculo alrededor de un fuego artificial eléctrico. Todo esto para crear el ambiente de un filandón. En las sillas están sentados sobre todo viejos hombres, algunos acompañados por sus esposas. Una presentadora elocuente toma la palabra y pregunta a los hombres, todos  mineros feroces,  que tal fue la vida en las minas. Un momento estoy decepcionado. No habrá una discusión sobre los pros y contras de la explotación del carbón, como había esperado. Pero cuando los hombres uno por uno empiezan a relatar, crece mi interés. Cuentan sobre el trabajo duro, la oscuridad, el peligro de sofocarse, la pobreza, la explotación por los empresarios, la solidaridad cuando había huelgas. Un minero dice que tiene miedo que no haya futuro para las minas y que tenemos que defender esta posibilidad de empleo para los hijos. Me extraño lo que dice. El trabajo en las minas no es nada agradable, me parece. Y dudo que haya mucho futuro en el carbón. Pero no expreso esta opinión de un guiri. Miro  las llamas eléctricas mientras escucho las voces sonoras de los mineros.


* Llevar agua al mar es una expresión holandesa para indicar una tarea inútil. Lo raro es que justamente Holanda es el único país donde llevar agua al mar es necesario porque está abajo del nivel del mar.

miércoles, 19 de octubre de 2011

De vuelta


Estoy de vuelta en Ponferrada después de haber trabajado casi siete semanas en Holanda. Todavía me siento un poco desconcertado, este lunes por la mañana. Oigo desde la calle gritos y petardos. Todavía hay la diaria manifestación de los empleados de una compañía. Porque no recibieron su sueldo. Ya desde hace meses. ¿Esto sería posible en Holanda? Allí llevarían la empresa a un juez, me parece. Miro hacia afuera por la ventana. Los Montes Aquilianos bañados por el sol. Hoy va a haber al menos 30 grados. ¡Y es octubre! Qué diferencia con los chubascos que azotan Holanda. Voy a aprovecharlo. Hacer compras y después a buscar una terraza para un cafetín y un periódico.

Hay tranquilidad en la calle. Por todos lados hay coches mal aparcados. En medio del paso de cebra, al lado izquierdo de un carril, hasta en la rotonda en frente de correos alguien ha puesto su coche. Ponferrada: el sueño mojado de un guardia de tráfico holandés. Voy a La Cuesta. Un pequeño bar donde me traen el café sin que tenga que pedirlo. Con un churro. Nada ha cambiado. Me siento a gusto. Después iré a comprar a la frutería. Y a cocinar para la comida amplia a las tres. Tendré que acostumbrarme otra vez al ritmo de las comidas de España.

Estamos estirados en el sofá. Vemos la novela, que oficialmente se llama Amar en tiempos revueltos. La serie de nunca acabar sobre los años cincuenta en Madrid. Con buenísimos actores. Tengo dificultad de seguir el relato. ¿Ya habrá empeorado mi castellano? O será por todos los nuevos personajes y desarrollos. Suena la melodía que marca el final de este episodio. ´¡Vamos a pasear!´ propone Ana. Descendemos por la escalera. El portal está lleno de periódicos publicitarios de todos los supermercados que hay. En España no existen las pegatinas de ¡NO! que puedes poner en tu buzón para parar la avalancha de publicidad.

Paseamos al lado del río Sil enfrente de nuestra casa. Unas personas mayores están trabajando en sus huertas. Llamamos a una señora. ´¿Usted sabe si es posible alquilar un trocito de terreno aquí?´ Nos envía a un cobertizo. ´Tenéis que preguntar a Maruja.´ Nos paramos en la entrada del cobertizo oscuro. Una vieja mujer con la ropa sucia está sentada sobre un taburete en medio de una montaña de pimientos rojos que está limpiando de simiente y tallo. ´La próxima semana los voy a asar y conservar,´ explica. Le contamos que queremos también un trocito de tierra. ´¿Un trocito de terreno?´, dice, ´hoy día la gente no sabe lo que es trabajar en el campo; en mi juventud era diferente; y ahora hay tanto desempleo, ¿pero hay alguien que viene a ayudarme?, ¡nadie!, ni siquiera saben cuánto veneno hay que poner para matar los bichos, lo dejan todo caer en abandono y …..´

Mientras continua su lamentación me doy cuenta de que se ha desinflado una ilusión mía. Tantas veces les expliqué orgullosamente a mis compatriotas que en el mercado de Ponferrada la vieja gente de la región vende las verduras ecológicas sin llamarlas ecológicas.  Pero ahora oigo que ponen veneno sin entender mucho de la materia. La próxima vez lavaré la verdura extra. Oigo que Ana se despide de la señora. Salimos del cobertizo oscuro.  La puesta del sol pinta el cielo de rojo. Un ruiseñor bastardo silba en un árbol al lado del río. Reina una tranquilidad benéfica.